"Spring Breakers", Un videoclip de primavera


El cine posmoderno que Tarantino asentó en Hollywood a principios de los noventa cuenta con el apoyo incondicional de la industria y en la actualida es una marca registrada que concita la fotografía de colores vivos, los montajes desquiciados, las historias post-género y los guiños explícitos a la historia del cine, la naturaleza retórica de la película o la cultura popular de los S. XX y XXI. Entre los títulos paradigmáticos del cine posmoderno destacan Kill Bill vol. 1 y 2, del ya citado Quentin Tarantino, María Antonieta o Lost in traslation, de Soffia Coppola, y, en las cinematografías asiáticas, la trilogía Deard or Alive, de Takashi Miike, Love exposure, de Sion Sono, u Old Boy, de Park Chan-Wook. El cine posmoderno también arraiga en formato independiente, pero la fastuosidad visual que lo caracteriza cunde más en Hollywood; Life Aquatic, Academia Rushmore o Los Tenenbaums, de Wes Anderson, o, por ejemplo, las películas  meridianas de Pedro Almodóvar, pasan por alto una financiación jurásica.

     En principio, Harmony Korine no encajaría en este arquetipo cinematográfico si atendemos a sus cuatro primeras películas, Gummo, Jon Donkye Boy, Mistery Lonely y Trash Humpers, obras experimentales e independientes que driblan cualquier clasificación y los estándares normativos de todo cine, salvo la segunda de la lista, Jon Donkye Boy, adscrita deliberadamente al movimiento fundado por Lars Von Trier, el DOGMA98; pero lo que ahora nos ocupa es la última película de su filmografía, Spring Breakers, editada en el año 2013 luego de otros tres grabando exclusivamente cortos y realizada con un equipo inclasificable donde figuran Sonny John Moore, más conocido como Skrillex, al cargo de la banda sonora y Selena Gómez o Vanesa Hudgens, actrices mundialmente famosas de la factoría Disney.
    Spring breakers da un brinco fuera del cine posmoderno al uso. Cito a continuación y repaso brevemente alguno de los cambios que inaugura con respecto a la filmografía de Harmony Korine o la tradición del cine posmoderno.
     (A continuación el tráiler de Spring Breakers.)




     El más acertado y el más notable ha sido el de arramplar con la estética del videoclip. Este recurso cierto que ya lo habían empleado con total eficiencia muchos cineastas posmodernos a la hora de jugar con el montaje rítmica y constructivamente, como sería el caso de Danny Boyle en Trainspotting o Darren Aronofksy en Réquiem por un sueño, y más concretamente, el de Baz Luhrmann, director de Moulin Rouge, El Gran Gatsby o Chicago, que fundó su personal estética incluyendo en las películas escenas músico-festivas de un ostentoso aparataje visual; pero la manera en que Harmony Korine la emplea cubre una distancia respecto a los muchos intentos de asumir la cultura visual que patrocina la MTV en un cine supuestamente artístico. Ésta no es más ni menos que la fijación de un referente indiscutible como principio artístico, Chris Cunningham, el realizador más codiciado de vídeos musicales a día de hoy, que ha firmado entre otros proyectos para Madonna, Aphex Twin o Björk, y engrosa el currículum con anuncios televisivos para Playstation, Gucci o Levi Strauss, video-instalaciones y cortometrajes increíbles como el que adjunto ahora, Rubber Johnny.




     El guiño al videoclip, sin embargo, y al contrario que con el cine de Luhrmannm, no es por si solo el carozo de la película.
  
     Harmony Korine pasa por alto el señalizar psicológicamente a los personajes, cuyo atractivo en pantalla lo justifican su aspecto extravagante y su comportamiento degenerado, y cualquier posible intriga del guion, una suma de escenas y secuencias que, salvando el apoyo nimio del inicio, el nudo y el desenlace, tiene por objeto el recreo ténico y formal durante las situaciones bizarras. Igual que si condujera los ímpetus de un Baudelaire del S. XXI, sustituye la poetización de una carroña por la del sexo en grupo, la drogadicción, el delito y el dispendio lujoso en un medio paradisíaco o, lo que viene a significar lo mismo, por la de los atributos magnificados de cualquier leyenda negra de las MTV stars que, como Mefistófeles con respecto a Fausto en el drama de Goethe, nos tienden las dinámicas de consumo a modo de fantasía juvenil.

     Esto último ningún cineasta encontró la forma de componerlo en pantalla, se acercó siquiera de modo tan eficaz o con el atrevimiento de una sensibilidad vanguardista. Hoy por hoy, supone una forma de comprender el medio plausible aún desde el fracaso y la incomprensión del público o el crítico cultural de turno a la Carlos Boyero.
     (A continuación una escena representativa de Spring breakers.)


 


     De todo esto, por último, surge un cambio respecto a la carrera de Harmony Korine y a la vez una continuidad con la tradición del cine posmoderno que suponen un giro cualitativo de relevancia en ambos casos: la ruptura formal.

     Como ya he dicho, la fastuosidad visual es un atributo singular del cine posmoderno desde que Tarantino impera en Hollywood como sucesor de los penúltimos maestros, Coppola, Scorsese o De Palma, aunque su aliento crítico pocas veces haya estado tan significado como en Spring Breakers. Pero para entroncar en una tradición tal mediante los aspectos formales y auparla un punto por encima de su estatus actual, sino emergerla de un acritismo paralizante, Harmony Korine hubo de trastocar en mucho su paradigma. Desde la primera película de su carrera, Gummo, hasta la penúltima, Mister Lonlely, aunque ya es evidente un gusto por la fotografía elaborada, todas retratan comunidades integradas por marginados, retrasados mentales o dementes y, si renuncian a la narratividad o a la caracterización psicológica, es a favor de un experimentalismo a veces incomprensible, como sería el caso de Trash humpers, con que visibilizar una cotidianeidad grotesca en sus propios términos. Ahora, bienaventurada, esa renuncia a la narratividad o cualquier tipo de caracterización psicológica se ha concretado en un hallazgo audiovisual que funciona como un espejo de feria ante el cual se colocan los deseos prefabricados de nuestra generación Z y arrojan un reflejo deformante, quizá emparentado más con la realidad subyacente al mercado capitalista contemporáneo que cualquier faena televisiva. 
     (A continuación el tráiler de Trash humpers.)




     En definitiva, diría que Spring Breakers, ante todo, es una fabula que trata el revés indecible de los deseos humanos y, al contrario que un videoclip o un anuncio, evita y condena el endiosamiento vulgar de las pulsiones. Pero esto no es más que orientativo. Lo importante es que, adentro de este marco, transita un camino vedado.

Iago Fernández

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