Miguel Noguera y Wallace Stevens: una semblanza


Nunca lo he dicho, pero tengo en muy alta estima el trabajo de Miguel Noguera, según Wikipedia, escritor, dibujante y humorista. También, cómo no, el trabajo de Wallace Stevens, uno de los más complejos y grandes poetas del siglo XX dentro y fuera de la tradición norteamericana. La poesía y el humor espectacular son ámbitos que, a priori, no guardan parentesco: el público elige uno u otro si quiere dedicar su tiempo a reírse o a trascender los límites de la interioridad, por decirlo de una manera ramplona, y se construyen con herramientas, formas y medios muy distintos. Yo, Iago Fernández, suelo dedicar mi tiempo a Wallace Stevens y no a Miguel Noguera o al humor espectacular en general, pero esta semana me ocurre al contrario. Tengo que asistir a varios exámenes de recuperación (a cada cual con materias más inútiles, sobre todo en relación con el objeto de análisis que supuestamente justifica mi grado universitario, la literatura) y los días anteriores a las pruebas, me dedico a lo que no debo: merodear por internet, cotillear el facebook, el twitter o el goodreads de los demás y ver un vídeo tras otro en Youtube o Series.ly. Cuando encontré un canal de vídeos con los espectáculos de Miguel Noguera (muy harto, ya, del maldito El club de la comedia y sus comediantes con encefalograma plano, salvando a Goyo Jiménez, al ocasional pero fulgurante Berto Romero, a Miguel Lago, los colaboradores de Muchachada Nui y a David Guapo) fueron uno detrás de otro, desde sus espectáculos en Barcelona hasta los espectáculos argentinos. Al fin, me dije, un humorista inteligente que pone patas arriba un género, el de la comedia, defenestrado por los canales de la televisión pública, donde nunca emiten nada bueno, con excepción de TVE2.




Lo que me ha sorprendido de Miguel Noguera -y aquello por lo cual he relacionado su trabajo con Wallace Stevens de manera tendenciosa- es que hace humor con “ideas”, sólo con “ideas” y a través de las “ideas”, casi un humor meta-humorístico, así como el poeta norteamericano sólo hacía poesía sobre las ideas, los límites de las ideas y la vivencia de las ideas como sustrato de la experiencia humana. Para quien lo desconozca -si esto es posible todavía en la era de las telecomunicaciones y la subnormalidad vía satélite-, el espectáculo que ha convertido a Noguera en un showman de culto es el Ultrashow. La gracia es que Noguera sube al escenario y explica “ideas” deshiladas, una detrás de otra, durante noventa, ochenta o setenta minutos, a veces con un proyector, un archivo de powerpoint y, en los primeros espectáculos, con un colega guitarrista. Las ideas son bizarras, de mal gusto y surrealistas: no tienen, por así decirlo, sentido, y ahí radica el quid de la cuestión, en que lo proscrito transgreda los límites ordinarios de la comicidad. Me gustan, principalmente, tres características del Ultrashow. 1) que no tienta el chascarrillo fácil refiriendo minucias de la vida cotidiana (muy al contrario, atenta contra el absurdo de la vida cotidiana y se ríe hasta de que nos riamos de las “ideas” expuestas). 2) la expresividad esquizoide u oligofrénica del actor: su voz sólo emite cambios de intensidad cuando susurra, grita o se apacigua, pero apenas conoce variables tonales, con lo cual ningún personaje queda propiamente caracterizado y parecen subdivisiones de una sola personalidad voluble y grotesca. 3) Que Miguel Noguera se sabotee constantemente: cuando desvía la explicación de las ideas por derroteros absurdos que luego rectifica con un “no, va que no es así, esto no puede pasar, ¿no?”, cuando advierte que las ideas hacen poca gracia, son desagradables o muy tontas, cuando parodia el formato del Ultrashow y cuestiona su efectividad humorística, etcétera... 




En definitiva, con Miguel Noguera nos reímos porque una idea en cualquier caso incorrecta, si la contextualizamos en su espectáculo, es graciosa, pero no en sí misma, sino a causa de la contextualización. Nos reímos, en definitiva, de los límites de la comicidad que nos han impuesto la moral y la costumbre: ¡gracias a Dios, ya no tengo por qué sentirme mal cuando una sit-com no me hace ni puñetera gracia o la mayoría de monologuistas me dejan frío! Recuerdo que una vez Dani Rovira dijera que la gracia de un chiste consistía en que tuviera que ver con la vida cotidiana del público, y de ahí sus virtudes terapéuticas para reírnos de nosotros mismos. Pero queda claro que, con Miguel Noguera, muy al contrario, el humor es una transgresión de los límites de la corrección ordinaria, al igual que también lo es la buena poesía, y que un humor consciente de ser absurdo es, por fuerza mayor, el más reflexivo e inteligente de los humores.


Iago Fernández

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