Literatura y Zoofilia. "Amor Burgués", de Vicente Muñoz Puelles


El mercado de los Encantes fue, hasta hace poco, el lugar idóneo para encontrar libros de segunda mano. Había un cobertizo, regentado por un señor calvo aficionado al fútbol, en el que se amontonaban pilas de libros. Su precio: un euro. Pero cuando descubrimos que el ayuntamiento estaba construyendo un nuevo mercado junto al antiguo, temimos lo peor. Una mañana le preguntamos al regente del puesto de libros qué pasaría con el cobertizo y con toda aquella montaña de obras, tratados y ensayos, y nos dijo que el espacio iba a seguir existiendo pero que le habían asignado un espacio por lo menos tres veces más pequeño. No hace falta señalar de manera lacrimógena que los libros ya no son una mercancía de primera magnitud. Mejor mantener un triste desconsuelo, a lo aristócrata decadente.

En cualquier caso, la última visita que realizamos al mercado antiguo antes de su traslado (que, según creo, ya se ha ejecutado), fue bastante provechosa. En una de las mesas encontré casi toda la colección completa de La sonrisa vertical, una colección de literatura erótica que publicó Tusquets hace ya más de una década. No pude llevarme todos los libros, no me cabían en la mochila, así que escogí aquellos que sabía que no volvería a encontrar fácilmente. Es decir, deseché al Marqués de Sade y me quedé con piezas tan bizarras como Elogio de la azotaina o el libro que hoy nos ocupa: Amor Burgués, de Vicente Muñoz Puelles.




Por afinidad, me interesa la categoría "amor" y la categoría "burgués". Lo primero debido a una vocación y lo segundo debido a una herencia. Esperaba, por lo tanto, encontrar algo reconocible y cercano en ese libro y no tardé en lanzarme a leerlo. Arranca así:

Imaginó que era un caballo y que, abandonando su funda, la verga se le empinaba hasta ponerse totalmente erecta y le golpeaba el vientre con la intermitencia de los latidos, y que ella se arremangaba la falda y con dedos tentaculares se colocaba el negro pene como un obús entre los muslos, y que su crica se abría totalmente, roja y húmeda como una granada, y se convulsionaba con el roce,  jadeando como una campana o una gaviota epiléptica, ahora su delta era un río en plena crecida, la súbita contracción del vientre antes del clímax, piel de tambor, y ella se corría una vez y luego otra mientras el mango rígido como un candelabro pero más grueso se deslizaba aguanoso e hinchado como un domo y frotaba, resbalaba, buceaba, un puñado de sangre tras la inminente culminación, pero ella era ahora una yegua, sus muslos un cálido estuche guardado entre grupas, y creyó oír un loco relincho al eyacular como un geiser, denso y abundante.
Resulta difícil evaluar el valor literario de un fragmento, por definirlo de alguna manera, cachondo. Aunque el arranque del periodo evoca los turbios actos de la zoofilia, el autor logra por un proceso de desfamiliarización remitirnos al terso cuerpo de la mujer en el acto. Me pareció un primer párrafo meritorio. Eché en falta ciertos recursos que hubiesen reforzado su ritmo, como el uso del punto y coma (en general, a lo largo de la novela, es testimonial y subordinado), pero el tema y su culminación obnubilaron mi sentido crítico. El exceso lírico que destila el pasaje (Por ejemplo, gaviota epiléptica) lo acepté en la medida en que acepté esa circunstancia, incluso lo disfruté.

El fragmento que sigue a este pasaje ayuda a situar el tema del libro. Entre las ruinas de Knossos, en Creta, casa del minotauro, la policía encuentra a un hombre moribundo envuelto en una sábana. En la comisaría, el individuo es incapaz de pronunciar palabras en idiomas conocidos y se limita a trazar signos sobre un papel que recuerdan, claramente, a la escritura lineal A. En Amor Burgués descubriremos cuál es la historia de este hombre que acabó entre las ruinas cretenses. Los elementos ofrecidos en las primeras páginas nos sitúan claramente en cuanto al tema: el amor o deseo por los animales.




En la mitología griega existe una referencia clara al tema (podemos encontrar variantes sincréticas en otras mitologías, claro). Hablo de Pasífae y su fatal pasión. Tal y como se conoce el mito en su variante más aceptada, Minos, rey legendario de Creta, se había casado con Pasífae, hija de aristócratas. Dentro del contexto religioso pagano, los cretenses tenían por costumbre sacrificar animales a los dioses. Sin embargo, en una ocasión, Minos se negó a sacrificar, en honor a Posidón, un toro blanco y hermoso que el dios les había enviado. Como represalia por semejante oprobio, Posidón hechizó a Pasífae y provocó que ésta se enamorara del toro. Para conseguir unirse al animal, en su amor obcecado, Pasífae pidió ayuda a Dédalo, el famoso artesano. Éste le fabricó, para la ocasión, una vaca de madera hueca que cubrió con cuero vacuno. Puso unas ruedas ocultas en las pezuñas y la empujó a los pastizales cerca de Gortina, donde el toro de Posidón pacía a sus anchas. La parte trasera de la vaca mecánica contaba con unas puertas plegables para facilitar la cópula, de modo que Pasífae, introducida en la vaca, tan sólo tuvo que abrirlas de par en par y esperar la acometida del toro. De ese ayuntamiento carnal nació el Minotauro.

Robert Graves, en su libro sobre los mitos griegos, hace un comentario que aclara el sentido simbólico de esta historia:

Dado que Pasífae, según Pausanias (III.26.1), es un título de la Luna, y que Itona, su otro nombre, es un título de Atenea como hacedora de lluvia (IX,34,1), el mito de Pasifae y el toro apunta a un matrimonio ritual bajo un roble entre la sacerdotisa de la luna llevando cuernos de vaca y el rey Minos con máscara de toro.

El tiempo desfiguró el rito para convertirlo en mito. Este rito, según narran otras fuentes, estaba relacionado con la danza. Según cuenta la historia, Minos consultó al Oráculo para saber cómo evitar el escándalo derivado de la traición animal de su hija, y recibió como consejo esta frase: "¡Da instrucciones a Dédalo para que te construya un retiro en Knossos!". Así, Dédalo es el encargado de construir el edificio que esconderá el misterio (el rito) y la vergüenza (Asterio, el minotauro). Este es el comentario de Roberto Calasso:

Dédalo construye el objeto inanimado que le permite a Pasifae ser poseída por el toro, y luego tendrá que construir el laberinto, otro objeto inanimado, para ocultar al hijo. Ya no se podía acceder a las formas y regresar. Es necesario construir objetos y generar monstruos para que siga reinando el poder de la metamorfosis, pues ya está gastado y rasgado el velo epifánico.

Fabuloso.




Volvamos al libro, Amor Burgués. Que el narrador arranque con el protagonista imaginando que copula con un caballo y que, seguidamente, a través de una prolepsis notable, lo sitúe hecho un despojo en el mismo palacio de Knossos es una forma exacta, sugerente y técnicamente atractiva, de acotar la historia en torno a un tema. Como en muchas otras novelas, el final es revelado al principio. Lo único que interesa a partir de ahora, de acuerdo con Calasso, es ver cómo se traza y descubre, en el libro, el poder de la metamorfosis, y si existe en él cierto vigor epifánico. Cómo un hombre tipo, de clase media, llega a desear hasta el paroxismo los miembros animales y acaba en el epicentro fundacional de esa unión.

El protagonista de Amor Burgués tiene serias dificultades para lograr erecciones cuando está junto a una mujer. Este es el núcleo del conflicto que se desarrolla en el libro: la impotencia, sus razones, las diversas relaciones truncadas y cierta predilección naciente y sexual por los animales. Pero no me interesa desvelar la trama. Existe en esta obra tanta sutileza como tosquedad. El lector de Amor Burgués disfrutará mucho con ciertos pasajes, pero en el cómputo global no podrá sino señalar que la gran carencia, salta a la luz, es la estructura. El conflicto central no es lo suficientemente poderoso y la pretensión de unidad del texto se deshilacha pasada la mitad del libro en sucesivas escenas que no aportan nada nuevo al conjunto. Amor burgués peca, más bien, de falta de variantes y de una medición incorrecta de los tempos en el desarrollo del conflicto. Ahora bien, hay elementos meritorios. Entre ellos, el estilo desenfadado, irónico y agresivo. En las distancias cortas -determinados pasajes- el lector puede encontrar motivos para el disfrute si siente interés por el tema de la zoofilia. No creo, por otra parte, que este libro deba ser juzgado como si de una obra de primera magnitud se tratara.

-Voy a confesártelo todo -dijo él-. A los once años me enteré de que, según algunos intérpretes rabínicos, Adán había mantenido relaciones sexuales con cada animal del paraíso terrenal, antes de que a Dios se le ocurriera crear a Eva; a los trece años leí una esclarecedora historia de Roma y supe que en el Coliseo se entrenaba a jabalíes, cebras, jirafas, caballos, toros, leopardos, guepardos, monos para copular con mujeres y que luego se ofrecían espectáculos de bestialismo sobre la arena, recuerdo que Juvenal cita al cocodrilo, que posee dos penes (diphallus), y al oso como amantes de las damas romanas; a los quince me informé de que, entre algunos pueblos africanos, el coito con la primera pieza cobrada es obligatorio, una reliquia de ideas totémicas, así se apacigua el mal; a los diecisiete contemplé dibujos obscenos: un pulpo mordiendo con su pico de loro el sexo de una japonesa, un caballo fornicando con una dama hindú, otra mujer mamando el pene de un canguro; a los diecinueve un árabe me insinuó, con voz acariciante, que el peregrinaje a La Meca no era perfecto si uno no se ayuntaba en el camino con el camello que le llevaba, ¡pero Allah sabe más!; fue a los veintiuno cuando descubrí que la zarina Catalina II había muerto al sentarse sobre ella el caballo que la estaba jodiendo; a los veintitrés me sorprendió averiguar que, de cerca de seis mil mujeres estadounidenses, sólo veinticinco preferían animales, generalmente, perros, a sus maridos; a los veinticinco estaba dormido desnudo cerca de la ventana por donde entraba el sol, escucha ahora atentamente, cuando me despertó un espasmo dulce y solitario, y vi al perro de unos vecinos, que había quedado a mi cuidado, lamiéndome el pene erecto como un hueso, lo aparté, pero ya me había derramado, no me desprecies; la luz vesperal inundaba la bañera cuando, a los veintisiete años, corté las alas a una mosca y la dejé girar sobre una isla de mi glande erecto, cercado de agua caliente, el chorro la proyectó como al hombre cañón de un circo; escucha, a los veintinueve aprendí un truco oriental; penetré a una oca y, en el momento de la eyaculación, la decapité para aprovechar las últimas contracciones del esfínter y el aumento de temperatura que se produce en los decapitados, avisodomía lo llaman.

El lector estará de acuerdo en lo siguiente: el fragmento llama la atención, busca la intensidad efectista de la provocación. Posee dosis de conocimiento apócrifo cuanto menos curiosas, destila con claridad las predilecciones del narrador/protagonista y se construye con una sola frase en la que corroboramos un dominio impreciso de la puntuación a efectos del ritmo.

Ese ímpetu en el desarrollo de los párrafos es el que sostiene a la novela hasta el final, esos pequeños hallazgos literarios / argumentales / cognitivos e incluso líricos que puntean toda la trama son los elementos que aportan valor al texto. Una buena lectura veraniega.


Víctor Balcells Matas


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