El valor literario de los Filósofos Presocráticos


Por esto mueren los hombres; porque no son capaces enlazar el principio con el fin.
Alcmeón de Crotona


            Recuerdo que nuestro profesor de filosofía en el Liceo Italiano tenía en el centro exacto de su frente un hueco, una perforación bélica cuyo origen nunca quiso aclarar. A menudo solía colocarse frente a la ventana para elucubrar cuestiones de orden celestial. Entonces, de acuerdo con un mecanismo que sigo sin comprender, el Sol matutino se reflejaba en la concavidad de su herida como una magia, y de pronto su frente parecía irradiar un haz de luz. Dios terrenal o ilusionista juguetón, nos domó con esa clase de golpes de efecto y siempre le escuchamos con atención. Descanse en paz.

            Parece que cierto afán por compartimentar se esfuerza en ordenar por separado a los autores literarios y a los filósofos de la antigüedad. De Píndaro sabemos de la hermosura de sus versos olímpicos, pero nada se nos ha dicho nunca de la plasticidad y altura poética que conservan los escasos fragmentos que se conservan de Anaximandro, y si no fuese por Hölderlin y por el placer que siempre transmite toda idealización, no estimaríamos apenas el nivel que alcanzan las composiciones de Empédocles de Acragante, aquél que se suicidó arrojándose al volcán Etna. Su virtuosismo como neologista, el extraordinario dominio que tenía de la ambigüedad.

            Acercarse a la obra de los filósofos presocráticos implica penetrar en un mundo mutilado que en su desfiguración ofrece la posibilidad de una figuración. De algunos no conservamos más que pensamientos sueltos y fragmentarios, referencias de segunda y tercera mano, y una cantidad asombrosa de divertidas mentiras. Con otros la fortuna ha sido benevolente y a pesar de los milenios transcurridos podemos darnos por satisfechos con lo que de ellos conservamos. Resulta curioso saber que gran parte de esos fragmentos se han transmitido de la manera más precaria y arbitraria. Parece casi un milagro que hace apenas unas décadas (1962) se encontrara en una tumba de los alrededores de Salónica, entre los restos de la combustión de un cadáver incinerado, un papiro quemado que contenía un pasaje desconocido que los filólogos, tras largas cavilaciones, atribuyeron asombrados al propio Heráclito. Se conoce como el Papiro de Derveni y desde hace cincuenta años ha ayudado a engrosar nuestro conocimiento del filósofo de Éfeso (aquel al que muchos atribuyen falsamente la expresión "Todo fluye"; falsamente porque esa sentencia es apócrifa, tan sólo una interpretación realizada a vuelapluma por el propio Platón). De modo que si tenemos que hablar aquí del valor literario de estos pensadores, habría que elevar también a la categoría de poético el trabajo de los filólogos que los estudian (Aprovecho para homenajear aquí a nuestro querido, recientemente expirado, Agustín García Calvo).  Porque si empezamos a investigar cómo demonios han perdurado a lo largo de más de dos milenios todas estas ideas, encontraremos tantas historias fabulosas que podríamos escribir una novela entera. Sirva como prueba otra curiosidad que me llama poderosamente la atención: Hipólito, un teólogo del siglo III d.C., con el objetivo de refutar a los herejes, escribió una obra titulada Refutación de todas las herejías gracias a la cual han llegado hasta nosotros fragmentos originales de varios pensadores presocráticos. La gracia reside en que Hipólito reprodujo fragmentos originales al considerar que las herejías se basaban en muchas ideas presocráticas / paganas. Es decir, que algunos fragmentos han llegado hasta nosotros gracias a personas que los repudiaban.




            Debemos situar a los filósofos presocráticos en un contexto (siglos VI y V a.C) en el que existían fórmulas preestablecidas, esquemas y modelos de narración estrechamente ligados con la poesía y la prosa literaria. No existía entonces un género propio de la filosofía, como pudiera ser el ensayo o una prosa científica desligada de una métrica, sino que la especulación filosófica de estos pensadores se manifestaba a través de géneros tan dispares como la épica, la elegía o la tradición gnómica (aforismos proverbiales), construidos según esquemas de versificación propios de la poesía: hexámetros, dísticos elegíacos, trímetros yámbicos y otros. El proceso de alejamiento y de abandono de los recursos poéticos en favor de una prosa más fría que permitiera  expresar las ideas sin el condicionante de un ritmo, el número de sílabas o una intención estética, habría de ocurrir más tarde y paulatinamente. Aunque en muchos de estos autores ya asistimos a una tensión que busca romper los moldes preestablecidos, el proceso aún es apenas incipiente.

            Ahora bien, de entre los catorce filósofos presocráticos canónicos, no todos tienen un valor literario igual, como es natural. (Suponer lo contrario sería hacer una concesión más a la mitificación que envuelve a estos personajes. Baste decir, al respecto de dicha mitificación, que todas las biografías que se conservan -un ejemplo muy claro lo tenemos en Vidas ilustres de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio- son apócrifas. Una aproximación académica a su figura obtiene como resultado que no sabemos, en la práctica, casi nada de quiénes fueron, qué hicieron o cómo vivieron). De Tales de Mileto, por ejemplo, ni siquiera hay constancia de que alguna vez escribiera algo. En cuanto al resto de pensadores milesios, cabe destacar, sobre todo, a Anaximandro, que emplea, tal y como afirma Teofrasto, "términos más propios de la poesía", siendo su opuesto el caso de Anaxímenes, del que Diógenes Laercio señala "una dicción simple y sin artificio". Sin embargo, seis son los fragmentos directos que conservamos del primero y apenas dos del segundo. Realizar un ejercicio comparativo con tan poco material resultaría parcial, pero sí es cierto que se pueden intuir vagamente las divergencias entre ambos. Y estas divergencias explican muy bien el resultado del proceso de abandono de los artificios de la poesía por parte de los filósofos. Si Anaxímenes es más pobre en ese aspecto se debe a que se acerca al estilo de los logógrafos, interesados en la observación directa y en el uso del símil no como figura retórica sino como elemento demostrativo, algo que concuerda con el afán de estos filósofos por comprender la naturaleza como una entidad metodológicamente observable según criterios de pragmatismo científico.


Ruinas de la ciudad de Mileto


            Tras este pequeño conato de alejamiento de las formas literarias imperantes, la filosofía desplaza su centro de la ciudad de Mileto a otras ciudades y otras geografías en las que siguen imperando formas poéticas muy definidas. Debemos pasar por alto la misteriosa figura de Pitágoras (probable testaferro de un conglomerado de mentes más amplio) por carecer de fragmentos directos. Asímismo omitimos la figura de Alcmeón de Crotona, del que sí conservamos cinco fragmentos indirectos que no nos permiten calibrar su valor como autor literario (la cita que encabeza este artículo es un ejemplo bastante enigmático). Más interesante es Jenófanes de Colofón, declarado poeta errante sobre el que versan opiniones dispares: algunos lo descalifican como filósofo y otros lo celebran como un teólogo a tener en cuenta. Se encuentra en el límite que separa ambas concepciones. En efecto, es la elección del verso como modo expresivo lo que no permite discutir la existencia de intenciones estéticas en su obra. Se sabe que escribió poemas breves al estilo de los Himnos Homéricos y que utilizó el género elegíaco para expresar ideas de orden teológico. Por otra parte, la utilización de figuras retóricas lo desenmascara definitivamente como poeta; en los fragmentos que conservamos se manifiesta su pensamiento a través de un enjambre de anáforas, comparaciones y ritmos que no pueden sino dificultar la expresión pragmática de un pensamiento racional. De todos los presocráticos tocados por las musas, este es el que menos me gusta. Tengo más aprecio por Parménides, cuya obra expresada en hexámetros esconde pasajes de interés lírico y, a la vez, pasajes más prosaicos y oscuros. De esta manera, algunos lo acusan de haberse plegado a ficciones míticas y otros de ser demasiado frío e insulso, sobre todo en los pasajes más complejos de su doctrina (expresada en el poema Acerca de la Naturaleza). Queda de manifiesto en su figura la dificultad que implica conjugar un pensamiento racional, preciso y reflexivo con un molde, la épica, que incita al embelesamiento. El poema es irregular, aunque literariamente merece la pena destacar los primeros compases, donde el autor hace un uso de la ambigüedad y el doble sentido tan brillante que habrá importunado a más de un traductor incauto. Por otra parte, utiliza un recurso bastante interesante: su doctrina le es revelada en el texto por una diosa que habla en primera persona. Ciertos críticos han querido ver en este enmascaramiento un intento de guardarse las espaldas ante las críticas que pudieran caer sobre las novedosas ideas que proponía el filósofo, aunque parece esta interesante interpretación una anacronía.




            Seguramente sea Empédocles de Acragante el gran poeta-filósofo presocrático, o por lo menos aquel que logró conjugar de mejor manera las dos vertientes  incompatibles que hemos manejado aquí. Como Parménides, es un gran conocedor de los recursos homéricos, pero alcanza una altura poética muy superior. No sólo por una mejor resolución en el ámbito de la composición sino por su amplio vocabulario y la presencia de una naturalidad expresiva que, en ocasiones, se ha puesto en duda en el caso de Parménides. Bajo la forma del poema didáctico logra exponer sus ideas con extrema lucidez sin que el nivel literario se vea mermado por el requerimiento del rigor. Pensadores como Aristóteles criticaron dura y paradójicamente su gran capacidad para la metáfora al entender que ese recurso entraba en contradicción con la expresión filosófica. Esta crítica resalta aún más el valor literario que debemos otorgarle al gran suicida.

            En este selecto grupo merece la pena incluir a Heráclito, un pensador que manejó el aforismo tradicional con vocación oracular. Preciso y seco, voluntariamente ambiguo -al estilo de una sibila-, queda justificado el apodo que se le atribuye: "el oscuro". Y aunque cada frase es una sentencia, de acuerdo con la tradición gnómica, existe en su obra -siempre que se han conservado fragmentos consecutivos- cierta voluntad compositiva de conjunto que, en la época, resultó novedosa. Este modelo fue imitado por Anaxágoras, Zenón, Meliso y Diógenes, los cuatro de un interés relativo en cuanto al tema que tratamos.

            Tenemos, por lo tanto, a un grupo de pensadores que, sirviéndose de modelos clásicos, empieza a encaminarse, a modo de esbozo o intento parcial, hacia el género propio de la filosofía: el tratado en prosa. En ese conato de desligamiento aún se conservan algunas formas propias de la composición poética que incrementan el valor literario de estos autores. Con el tiempo y salvando el caso único de Platón y su forma dialogada, el tratado en prosa se convertiría en la forma específica de la especulación filosófica tal y como la conocemos hoy en día, y las distancias entre filosofía y poesía se incrementarían salvo honrosas excepciones como De rerum natura de Lucrecio. 


Víctor Balcells Matas


"El alcohol y la nostalgia", de Mathias Énard



Son tres los nombres que integran la historia de este libro: Janne, Vladímir y Mathias. Y la voz del último de ellos quien urde la trama. Mathias habla con el recuerdo o el cadáver de Vladímir durante un viaje en tren de un punto a otro de Rusia (Moscú - Novosibirsk) que tiene por objeto enterrar a éste en su pueblo natal. A veces también se interpela a sí mismo o nos interpela a nosotros, los hipotéticos escuchas.

El libro es y está organizado como un soliloquio que no escatima la tradición modernista, cuenta con sus respectivas alteraciones sintácticas y, en tanto, con una utilización destructiva de la puntuación[1]. Como para justificar intradiegéticamente el descalabro que ello supone, no en vano Mathias viaja borracho, y bebe una copa tras otra en honor del recuerdo y el cadáver de Vladímir (excepto una ocasión en la cual, de mañana y cansado, se encamina hacia el samovar a por una taza de café). Esto es lo fundamental del libro y ya reluce en el primer párrafo. El alcohol y la nostalgia, se titula, una nouvelle de cien páginas que merece la pena ser leída. Su autor, Énard, tiene además una prometedora bibliografía en su haber con trabajos como Zona o La perfección del tiro



     
Desde el presente del relato, donde la voz narradora se ubica, y memoria a través, se cuenta  la historia que lo antecede y también es la historia de otro viaje. Una década atrás, Mathias  se considera un postulante a escritor, francés, que vivía con Jane, también francesa; ésta se marcha a Rusia por razones de estudios y él, a medio camino entre la frustración de sus afanes y el hartazgo de la drogadicción a solas, decide seguirle los pasos unos meses después. Ya en Rusia, formarán un trío de amigos junto a Vladímir y luego, con indefinido tiempo de por medio, Mathias regresará solo a Francia; sucede una elipsis de diez años de cuyo contenido no tenemos idea hasta que recibe una llamada de Janne informando de la muerte de Vladímir. Es cuando tiene lugar su segundo viaje o, más que viaje, peregrinación a Rusia. Toda la información al respecto, claro, se refiere desordenadamente, y en su mayoría a través de menciones escuetas que asoman por un discurso a medio camino entre la  evocación emocional y la reflexión. Escenas, hay pocas, y si las hay, son breves. Así, como es típico en esta línea narrativa postmodernista (de la que también participan varias voces contemporáneas de rigor -parece interesante resaltarlo- como pueden serlo la de Lobo Antunes o, se me ocurre, más emergente, la de Gonzalo Torné) la elasticidad del espacio tiempo es uno de los fundamentos estructurales de la puesta en trama. 

Ahora bien, el quid del relato deviene cuando el lector, a medida que avanza en la lectura, contrapone el primer viaje y el segundo y -si es que presume de lector sensible (lectores que no abundan)- se asusta y solidariza con Mathias. Si bien es de suma importancia reconocer los mecanismos con los que un escritor trabaja a la hora de poner una historia en trama, no es propio eludir el resultado de su puesta en marcha y proponerse detallar qué clase de realidad emana. En este caso, y por las características formales del texto ya mencionadas, dicha realidad en lugar de quedar asfaltada ofrecerá un recorrido tupido de obstáculos (pero, no obstante, dada la ligereza de la prosa de Énard y algún que otro pespunte lírico, ésta también se volverá entretenida y más que digerible). Tampoco cabría otra opción. El viaje -que, como buen viaje, es un re-conocimiento y no un paseo automático- estimulará en Mathias toda una serie de violencias: la Rusia que él había conocido, ya no es la que gradualmente se presenta del otro lado de las ventanillas del tren; ni él es el mismo que la vio por vez primera, ni lo son sus compañeros.



    
De hecho, la Rusia presente se diría que no existe. Cada trazo del panorama es un pellizco en la memoria de Mathias y trae consigo multitud de datos. Cuando cruza San Petersburgo o Ekaterimburgo, por ejemplo, se refiere a la historia de estas ciudades según las vivencias que tuvo allí o según la relación que éstas mantuvieron con distintas personalidades de la literatura rusa, como Gógol, Pushkin o Tolstoi, que tanto tuvieron que ver en su etapa de postulante a escritor y de los cuáles tanto aprendió durante su primer viaje. Página a página, la memoria de Mathias buscará, no sin cierto patetismo, afirmar sus contenidos en un tiempo y un espacio que, sin embargo, la rechazan. Vladímir ha muerto; Janne ya no lo quiere; él avanza borracho hacia un entierro que tiene mucho de elegíaco.

Pero sin esa falta de acoplamiento entre el presente y el pasado, no habría historia posible, ni tampoco forma de experiencia posible. Es esta clase de literatura, que problematiza y dificulta el reconocimiento de la realidad presente no sólo del personaje sino, con sus personajes, también la del lector, la única meritoria. Así el libro se transforma en un espacio discursivo donde se perpetra el alumbramiento de una realidad hasta entonces escondida  -por la pasividad de las rutinas, por el pulso de lo automático-, que no es sino una violencia originaria, una desconexión crítica entre el sujeto y el mundo. Tal es lo que ilustra "El alcohol y la nostalgia" de primera mano: la sorpresa terrible de una conciencia incapaz de adecuarse a su circunstancia, ante la cual reacciona con miedo y temblores. El viaje es sólo un soporte. El libro no trata de un viaje, sino de su trascendencia ontológica. Los viajes, a secas, son cosa de un mal libro.    

     Todos estos detalles dan de sí una golosina y una generosa prospección de la carrera literaria de Mathias Énard. 
       Queda en manos de los narradores por venir insistir en sabotajes de este tipo.     


Iago Fernández



[1] La segunda frase del libro es ya: "Después de haber visto Moscú me haces esto, callarte, demasiado ebrio, puede que emborrachado por la vida te hayas dejado ir mientras el tren llega precisamente a Vladímir: tengo una historia que contarte, Vlado, la escuché en Moscú, ya sabes, esa ciudad familiar y gris, con sus coches, las sorpresas de los bulbos de oro, flores amistosas que chorrean lluvia." Y a veces, el soliloquio incluso coqueteará con lo cacofónico: "(...) reconocí su voz, diga, yo también dije diga, ¿diga?, ¿diga? , ¿Jeanne? Mathias, dijo ella (...)". 

Atascos de tráfico y Émile Zola. Pequeño pensamiento sobre la crisis



No acostumbro a pensar en obras literarias cuando contemplo los atascos de tráfico que se generan frente al portal de mi casa. El detenimiento impulsa el ardor. El ardor desarrolla la urgencia por actuar, y entonces me arrojo sin contemplaciones sobre el capó de cualquier compacto y me regodeo en mi movilidad victoriosa. En la calle no intento recordar las cosas que ocurren en los libros, pero en estas circunstancias no puedo dejar de pensar en el memorable arranque de La Jauría, de Émile Zola:

A la vuelta, entre la aglomeración de carruajes que regresaban por la orilla del lago, la calesa tuvo que marchar al paso. En cierto momento el atasco fue tal que incluso debió detenerse.




A lo que sigue una extensa descripción de corte naturalista que desciende desde el Sol en su ocaso hasta los rutilantes botones de cobre de un cochero que aguarda sobre la calesa. La cámara –porque lógicamente es una cámara- se desplaza entonces en torno a los sombreros de copa y en un travelling lateral se nos muestra el resoplido de los caballos –“un soberbio tronco de bayos”- que enlaza, no por casualidad, con una voz de hombre que manifiesta esa particularidad tan humana que es el inefable deseo de hablar siempre de los demás:

- Anda –dijo Maxime-, Laure de Aurigny, allá, en ese cupé… Fíjate, Renée.

Fíjate Renée. Date cuenta de que para Zola el arranque de esta novela ya es un manifiesto. Luego la réplica desciende al chismorreo “la creía huida –dijo-. Se ha cambiado el color del pelo, ¿verdad?”, y aunque Zola lucha por recobrar el dominio del personaje con una extensa y minuciosa descripción de Renée, los ojos de ella acaban posándose, irremediablemente, en unos quevedos “de hombre” que nuestra querida sostendrá sin posarlos en la nariz, según uso y costumbre aristócrata entonces y en cualquier época, que le servirán para examinar “a la gruesa Laure de Aurigny”.


Renée Saccard, hija del aburrimiento

Establecido el combate entre personaje y autor, el triunfo final se lo adjudicará el escritor al omitir describir a la pobre dama vilipendiada y al ofrecer, en cambio, una visión general del atasco a través de lo minucioso que lo compone y que no lo provoca: “el bocado de un caballo, el asa de un farol, los galones de un lacayo muy tieso en su pescante”. Pero también el trozo de tela de alguien y el silencio que desciende sobre los testigos del atasco, ese “alboroto apagado, inmovilizado” –por no existir los cláxones, entiendo.

La mecánica de los atascos, sublime misterio. Dicen los expertos que, para generarlos, basta que un solo coche circule demasiado cerca de otro y se vea obligado pisar apenas el freno. Eso provoca una reacción en cadena fatal. La propagación de ese minúsculo frenazo es más poderosa que la capacidad de reacción y recuperación de los coches que vuelven a pulsar el acelerador. Así el atasco crece en una vorágine que se soluciona tan sólo cuando empieza a remitir la cantidad de coches que se añaden a la cola. Esta descompensación entre “frenazo” y “aceleración” es un aspecto esencial de la condición humana, y cualquier extrapolación a campos como la economía, la física y, por qué no, la retórica que subyace en la politología, parece plausible.




Y en el triunfo del detenimiento tras sucesivos frenazos -producto de un exceso-, tal y como describe Zola, habrá intercambios de miradas mudas, de portezuela a portezuela; y nadie charlará ya, en aquella espera interrumpida tan sólo por el crujido de los arneses, por el golpeteo de los cascos de un caballo, o lo que es lo mismo, por el crepitar de los motores de combustión. Se le ofrece aquí, entonces, al hombre, una oportunidad para reflexionar, el frágil regalo de la serenidad. Y por toda respuesta –ah, qué desgracia- estallará un alboroto apagado, cifrado en las primeras y definitivas palabras Maxime, culpables de prender la mecha:

- Anda –dijo Maxime-, Laure de Aurigny, allá, en ese cupé… Fíjate, Renée.

Esta es la estupidez de querer regresar a París por la Autopista del Sur un domingo de tarde, que diría Cortázar. Cualquiera podrá mirar entonces su reloj pero será, de pronto, como si ese tiempo atado a la muñeca derecha o el bip bip de la radio midieran otra cosa.


Víctor Balcells Matas


"El esperpentismo lo ha inventado Goya". De la influencia goyesca en la estética valleinclaniana



Bien sabido debiera tener la crítica que uno de los mayores errores a la hora de intentar entender y analizar la literatura es tratarla como una disciplina aislada. La ligazón que enhebra juntos cine, música, pintura y literatura, como medios artísticos paralelos que son, deviene a menudo esencial para su comprensión. Dentro de la tradición española del siglo pasado, la obra de Valle-Inclán testimonia esa conexión interdisciplinar de forma especialmente palpable. Es el propio galaico quien afirma en su célebre cita que el esperpento, una de las creaciones vanguardistas más aclamadas del siglo XX, "lo ha inventado Goya"[1], así como reconoce fuertes tintes wagnerianos en su obra[2]. Sus estéticas, resultantes en un nuevo género trágico, beben abiertamente del expresionismo alemán, del barroco y del espíritu picaresco español. ¿Cómo emerge, entonces, un género teatral vanguardista cimentado en Francisco de Goya?




            Es en la última etapa del pintor aragonés, concretamente en las colecciones de los Caprichos y Desastres de la guerra, donde se configura su faceta más satírica y mordaz, y donde guarda una estrecha relación con el molde dramático que propondría "el primer poeta español"[3] un siglo después. Sin duda un punto crucial para valorar la aportación goyesca al esperpento es el hecho de ser éste un género esteticista en toda regla –valga recordar que fue Valle profesor de Estética en la Escuela Superior de Bellas Artes–. De ahí esa fuerte plasticidad, que retrata lo grotesco, teatraliza la sordidez, los fantoches en los bares, la atmósfera de callejeo, de furcias en los paseos madrileños, de gitanas sin dientes y con ramos de laurel. Al gran bombo del que gozó Goya en las primeras décadas del siglo pasado se suma, también, que Valle-Inclán fuera siempre proclive a estudiar las obras plásticas y a aprender de sus ambientaciones. Sus visitas al Museo del Prado a su paso por Madrid[4] resultaron vitales para configurar esa "prodigiosa galería visual" –enormemente cinematográfica–  que críticos como Rafael Osuna subrayan en su literatura[5].




            Por romper el hielo, hay dos aspectos fundamentales en los que el aragonés y el galaico convergen: primero, el reflejo crítico de la realidad histórica contemporánea, muy presente en la obra goyesca a pesar de la censura y que, como apunta el valleinclanista Summer M. Greenfield[6], es de suma importancia en el teatro esperpéntico. En segundo lugar, el distanciamiento de esa misma realidad, "ingrediente capital del esperpento"[7]. Valle-Inclán desarrolla una teoría de esta visión, mediante la cual rompe el cordón umbilical “creador - creación” para constatarse ajeno a los personajes de sus obras y como entidad superior a ellos.[8] Explicaciones extensas fueron dadas por el mismo autor, tanto con su costumbre de teorizar el esperpento en boca de sus personajes –véase la definición del esperpento de Max Estrella, o las reflexiones de Don Friolera– como a través de entrevistas. En una de ellas, comentó:

La tercera [sic] manera, en el aire, es una manera muy española, manera de demiurgo, que no se cree en modo alguno hecho del mismo barro de sus muñecos. Quevedo tiene esta manera. Cervantes, también. . . . Esta manera es ya definitiva en Goya. Y esta consideración es la que me llevó a dar un cambio en mi literatura y a escribir los esperpentos, el género literario que yo bautizo con el nombre de esperpentos.[9] 

Esto sin duda podría conducirnos al Verfremdungseffekt de Bertold Brecht o al ostranenie del formalista Schklovsky –que son, en cristiano, acercamientos a la teoría de la desfamiliarización artística–, pero anclémonos a Goya. El crítico de arte Paolo Lecaldano afirma: "Goya se limita a anotar, con una objetividad nunca manchada por prejuicios ni idealismos"[10]. (Precisamente los prejuicios y los idealismos fueron los blancos a derribar para el alemán y el ruso mencionados arriba). El sello de Valle-Inclán se basa en gran medida en no comentar ni concluir los dilemas que presenta, en no dejar un residuo de edulcorante moral; presentar la tragedia por lo que es y no decir nada o, mejor, reír a carcajada limpia. Conocemos así a la prostituta, con suerte mayor de edad, ironizando sobre su propio desamparo. Aunque, todo sea dicho, esta visión no mantiene una cohesión absoluta en Luces de bohemia, esperpento por antonomasia, donde sí se escapan barnices de conmovedora épica en torno a Max Estrella, figura –acaso por estar basada en un escritor verídico, Alejandro Sawa– ajena por momentos  a estos postulados. Aun con todo, es en este punto en el que conciertan Goya y Valle-Inclán: la sátira sin moralina, sin romanticismos y sin delirantes afanes de salvación de una España en ruinas. Por razones misteriosas, los estudios literarios parecen no haber ido mucho más allá de afirmaciones genéricas en busca de una interdiscursividad específica. Abanderado más por la curiosidad de un servidor que por su capacidad de llenar ese complejo vacío, vale la pena un intento de close reading que emparente ambas producciones.

            Los Caprichos fue la primera colección de grabados propios, y su elaboración comprendió desde 1793 hasta 1803, cuando tuvieron que cederse a la Real Calcografía debido a la controversia político-religiosa que suscitaron.[11] Su vinculación a la estética valleinclaniana es ya una constante en la crítica especializada. ¿Cuál es la conexión entre el contenido de los Caprichos y Luces de bohemia? De hecho, los aguafuertes revelan un campo referencial que apenas se solapa con el de primer tercio del siglo XX. La corrupción eclesiástica, el auge de la superstición –recuérdese su brillante lema: "El sueño de la razón produce monstruos"–, o los abusos a la mujer, protagonistas indiscutibles de los Caprichos, no están en la cruceta del punto de mira de Valle un siglo después.

            Las múltiples alusiones que Goya dedica a Godoy en los caprichos 39 y 41 –animalizado en forma de buey– quizá hallaran su equivalente en Valle en la cosificación del primer ministro: "asoma en mangas de camisa, la bragueta desabrochada, el chaleco suelto, y los quevedos pendientes de un cordón, como dos ojos absurdos bailándole sobre la panza"[12].  Las críticas a la academia por parte de Max Estrella resuenan con el capricho 53, que plasma la falsa erudición y demagogia de ciertas figuras intelectuales. También en el plano anticlerical se encontraría un paralelismo en Valle, quien arremete contra el fanatismo religioso y la captación eclesiástica durante toda la escena de la librería: "Hay que fundar la Iglesia española independiente […] Este pueblo miserable transforma todos los conceptos en un cuento de beatas costureras. Su religión es una chochez de viejas que disecan al gato cuando se les muere". 


Capricho 53, Qué pico de oro!


            Pero una mirada crítica a la historia y un distanciamiento moral no erigen una estética radicalmente nueva, argüirán algunos. Cierto, la tríada se completa con un último ingrediente, el de la deformación, recurso por el cual entra en escena don Francisco de Quevedo para cobrar tributo. Como se ha señalado anteriormente, Goya es un maestro de la animalización, que está presente en buena parte del álbum. De su bestiario de asnos, gatos, ranas y aves, Valle-Inclán toma lo que más se ciñe a su propósito –loros, perros, etc.- y aplica los mismos tintes grotescos y absurdos. La escena segunda, en la librería,  es un ejemplo perfecto. "En la cueva hacen tertulia el gato, el loro, el can y el librero, […] abichado y giboso –la cara de tocino rancio y la bufanda de verde serpiente". A la entrada de Max y su compañero, se añade: "Don Latino interviene con ese matiz del perro cobarde, que da su ladrido entre piernas del dueño"; "Ante el mostrador, los tres visitantes reunidos como tres pájaros en una rama". Más allá de esta genial escena, abundan caracterizaciones como: "Dorio de Gádex, feo, burlesco y chepudo, abre los brazos, que son como alones sin plumas, en el claro lunero"; "Aparece en la puerta un hombre alto, abotonado, escueto, grandes barbas rojas de judío anarquista y ojos envidiosos, bajo el testuz de bisonte obstinado"; "Un golfo largo y astroso […] y como perro que se espulga, se sacude…"[13]. Así pues, es evidente la influencia goyesca en lo que la crítica denomina "el recurso más típicamente esperpéntico" [14], la animalización de los personajes.


Capricho 39, Hasta su abuelo


            No se olviden los juegos de luces y sombras. Algo que hasta la fecha no tenía parangón en el teatro y cuya aplicación le ganó muchos aplausos al autor, puede aprenderse de los grabados de Goya. No sólo en los Caprichos, sino en todos sus álbumes, el pintor hace excelente uso del contraste, consiguiendo matices más tétricos y embrutecidos. Véanse acotaciones como: "La luna sobre el alero de las casas, partiendo la calle por medio"; "La mano, calzada con mitón negro, pasea la luz por los estantes de libros. Media cara en reflejo y media en sombra"; "Sobre el muro de lápidas blancas, las dos figuras acentúan su contorno negro o  Máximo Estrella y Don Latino de Hispalis, sombra en las sombras de un rincón"[15].    

            El grabado de los Desastres ha sido establecido por su biógrafo y estudioso Valentín Carderera en la década de 1810 a 1820. En esta segunda colección, mucho menos nombrada por la crítica pero igual de representativa en lo que a la obra de Goya se refiere, el aragonés representa vívidamente la barbarie de la guerra. Entre la durísima crítica a la guerra, se destaca una denuncia del cinismo y la frivolidad de los combatientes. "Goya no se propone llevar a cabo una demostración, ni siquiera apuntar un aspecto esperanzador: su tarea consiste en trasladar a representaciones plásticas el material que la experiencia proporciona"[16]. La lámina 74 presenta  rasgos de cabal similitud con Valle-Inclán. En ella, un lobo ejerce como con autoridad sobre los humanos –eco a la tercer manera de ver a los personajes de  Valle-Inclán–  a los que fieramente critica en sus apuntes:  "mísera humanidad, la culpa es tuya". Posteriormente, la 75 y 77 reforzarán  un fulguroso anticlericalismo, satirizando sobre la charlatanería de los papagayos y trocando a un cura en funambulista. En las últimas tres láminas del álbum propone Goya algunas interpretaciones alegóricas. En la 78,  España, en forma de caballo, es atacada por Francia, representada como una multitud de perros. Al lado, otra jauría –Europa– resta indiferente. En la 79, Murió la verdad, ésta es enterrada rápidamente a manos de la iglesia, los políticos, etc. En la 80, como único contrapeso optimista, se plantea su resurrección, lo cual pudiera recordar –si bien tangencialmente– la escena del funeral de Max Estrella, alusión a un Cristo que al final no revive. En general, pues, todo el álbum presenta un carácter crudísimo, resaltando un espíritu antipatriótico, en que Valle-Inclán bien supo encontrar sus antihéroes. La acotación del galaico, "La tragedia nuestra no es tragedia"[17], le hubiese venido como anillo al dedo a Goya, sobre quien no puede olvidarse el peso de la censura. En conclusión, los Desastres de la guerra han de verse, pese a la aparente lejanía temática, como otra consagración de un prisma por el que Valle-Inclán trabajaría. No se puede decir más claro que Robert Lima: "Estos dibujos constituirían un punto de contacto histórico muy importante para Valle-Inclán, sobre todo en la formulación de su teoría del esperpento"[18].

Lámina 74, Esto es lo peor!


            Finalmente, hay otra faceta de la obra goyesca que resulta esencial para entender la estética esperpéntica: bautizada por Pierre Gassier como El espejo mágico, consiste tan sólo en una serie de cuatro dibujos a carbón fechados entorno a 1797 y 1799.[19] Por primera vez, Goya se centra plenamente en una deformación no animal ni fantasmagórica, sino a través del espejo. En el primer dibujo, la típica maja goyesca se ve reflejada como una serpiente enroscada en una guadaña. El siguiente, conocido como Dandi-mono, presenta al arquetipo burgués, reclinado en su bastón frente  a su aparencia simiesca. El tercer dibujo es el Estudiante-rana. Por último, Goya usa un arquetipo ya presente en varios Caprichos, el del alguacil-gato. Es en este dibujo donde queda claramente definido un espejo, el cual se prestarse a ambigüedad con un lienzo en el resto de la serie. En literatura, críticos del calibre de Alonso Zamora Vicente[20] han comentado a brocha gorda la serie. El motivo de los espejos, unánimemente asociado a Valle-Inclán, se confirma acaso fruto de Goya en estos dibujos. En el ámbito de la pintura, estos bocetos se han interpretado muy variadamente. Concordamos aquí con la teoría de López Rey, quien afirma que desarrollan la idea de los lazos entre lo físico y lo moral, una suerte de esencialismo platónico a la inversa donde, mediante la deformación física, Goya expresa la deformación moral y la naturaleza psíquica de los personajes.[21] Resulta evidente, por tanto, la importancia que Goya tuvo en el proceso de creación artística de Valle-Inclán. A pesar de no poder garantizarlo, es más que probable que el escritor conociera esta minimalista serie de dibujos, encontrando en ella su motivo más difundido, el de los espejos del Callejón del Gato.


De la serie Espejo Mágico


            A modo de cierre, valga hacer dos anotaciones importantes. La primera, que en la pequeña guerra de trincheras que deviene a veces la esfera académica, donde uno se agarra a su nueva tesis cual a clavo ardiendo, es fundamental no eclipsar otras valoraciones no abarcadas aquí. Por muy Goya que sea Goya, estos postulados quedan incompletos en la medida en que no rinden mención a Quevedo, Torres Villarroel o El Bosco, por ejemplo. Suerte que, para completo, siempre estará Don Ramón María del Valle-Inclán, "cráneo previlegiado", maestro al calcar sin problemas la esencia goyesca, aderezarla con su pulso dramático, y situarla en su Madrid del siglo XX, "brillante, absurdo y  hambriento"[22].

Gaizka Ramón




[1] VALLE-INCLÁN, Ramón María del. Luces de bohemia. Barcelona: Círculo de Lectores.  1991: 130
[2] UMBRAL, Francisco. Valle-Inclán. Los botines blancos de piqué.  Barcelona: Editorial Planeta, 1998: 47 
[3] Apodo que Valle-Inclán le da a Max Estrella –su alter ego-, y por el que más tarde le denominarían sus amigos. El periódico ABC, en el artículo en portada sobre su muerte, utiliza también.
[4] ZAMORA VICENTE, Alonso. Vida y obra de Valle-Inclán. Barcelona: Círculo de Lectores, 1990: 20
[5] GABRIELE, John (Ed.). Suma Valleinclaniana. Barcelona: Editorial Anthropos, 1992 “El cine en el teatro último de Valle-Inclán” Rafael Osuna,  pp497-505
[6] GREENFIELD, Summer M. Valle-Inclán, anatomía de un teatro problemático. Madrid: Taurus, 1990.
[7] CARDONA, Rodolfo y ZAHAREAS, Anthony. Visión del esperpento. Teoría y práctica en los esperpentos de Valle-Inclán. Madrid: Editorial Castalia, 1970: 52
[8] Valle-Inclán explicó las tres perspectivas desde las que un autor puede ver a sus personajes: de rodillas (Homero), en pie (Shakespeare) o en el aire (Quevedo, Cervantes). Son, en orden descendente, grados de empatía hacia los personajes. “En el aire”, su predilecta, es el medio para su inconfundible crítica, panorámica y sin amaneramientos. Para más información al respecto, véase el artículo “De rodillas, en pie, en el aire” de Antonio Buero Vallejo en Revista de Occidente (1966).
[9] Entrevista concedida al periódico ABC, hecha por Gregorio Martínez Sierra,  y que se publicaría por primera vez el 7 de diciembre de 1928.
[10] LECALDANO, Paolo. Goya. Los Desastres de la guerra: 5
[11]  GABINETE DE ESTUDIOS DE LA CALCOGRAFÍA. Goya. Los Caprichos. Madrid: Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, 1994: XII-XV
[12] VALLE-INCLÁN, op. Cit.: 105
[13] VALLE-INCLÁN, op.cit.: 61, 59, 60, 62, 69, 38 y 69, respectivamente.
[14] RISCO, Antonio. La estética de Valle-Inclán. Madrid: Editorial Gredos, 1966: 250
[15] VALLE-INCLÁN, op.cit.: 4, 62 y 66, respectivamente.
[16] LECALDANO, Paolo. op. cit.: portada
[17] VALLE-INCLÁN, op. cit.: 30 
[18] GABRIELE, John (Ed.). Suma Valleinclaniana. “Rutas vitales y literarias de Valle-Inclán”: 25
[19] LEULOUTRE, Alicia. “Goya. Carnaval y melancolía”. «http://www.tomasabraham.com.ar/seminarios/goya.htm»
[20]  ZAMORA, Alonso. La realidad esperpéntica. Madrid: Editorial Gredos, 1987.
[21] STOICHITA, Víctor I. et CODERCH, Anna María. El último carnaval: un ensayo sobre Goya. Madrid: Siruela, 2000.  
[22] VALLE-INCLÁN, op. cit.: 1  

Chateauvillard y Lambert: El perfeccionamiento del crimen


Crimen y literatura son actividades humanas que se sujetan y sueltan de la mano constantemente, en un círculo de destrucción sobre el que este artículo no puede ejercer justicia alguna. Sin embargo, es preciso distinguir entre los autores que vulneran la ley (con independencia de su vida carcelaria y de los aspectos jurídicos derivados de su afán narrativo; sería el caso de Jean Genet); los que son incapaces de dividir el quehacer literario del transgresor (aquí incluiríamos al marqués de Sade); y por último entre aquellos cuyo material funciona como manual para depurar una determinada técnica delictiva. Tal es el tema que nos ocupa, y el que finalmente mayor daño visible causa en el prójimo, ya por efecto directo (el robo), ya por colateral (degradación de la sociedad y contribución a un clima de inseguridad ciudadana); partiendo de la base de que tras los ejemplos expuestos subyace una completa conciencia del mal (esto es, sin posibilidad de apelar a la banalidad del acto), así como del carácter público que ha empuñado la pluma correspondiente. 

 Dicho de otro modo: ellos sabían lo que escribían, y conocían las consecuencias del tratamiento del tema. Esto lo sabemos por una sencilla aunque doble razón: el modo aséptico en la descripción y el tono calculado en la redacción. Evidentemente existen multitud de textos que resumen con idéntica frialdad los pormenores de ofensas como la impostura, el asesinato, el incendio y el consumo del opio, el cortejo de las vírgenes para saciar los placeres del indeseable, la invocación de espíritus políticos, o la blasfemia. Pero queríamos llamar la atención de estos dos como punto de partida para una investigación que el lector de este blog ha de emprender por su propia cuenta y riesgo. Por último, cabe añadir que nuestra aproximación se produce desde dos ópticas: la del infractor experimentado y refinado, y la del observador que analiza sin pasividad la destreza de la persona estudiada. 


Permítame que espolvoree el polvo de su levita


George Barrington (1755-1804) fue un irlandés famoso por su arte para el hurto en las calles de Londres. Como si de un tratado de botánica se tratase, la biografía del también escapista y asaltador fue relatada por Richard S. Lambert en 1930 por medio de un libro titulado The prince of pickpockets. El narrador radiofónico se sirve de una serie de atractivas anécdotas (muchas de ellas robadas sin filtro de verosimilitud alguna de la imagen popular del personaje) y las despliega con el fin único de entretener y deleitar a los lectores con las refinadas técnicas del truhán para abrir bolsillos con la víctima delante, sustituir a la perfección bolsas de moneda por otras rellenas de arena, aprender a elegir el objetivo adecuado, desaparecer de la escena sin ser visto o recordado posteriormente. El libro de Lambert cuenta la leyenda de las 30.000 libras que Barrington sustrajo a Ivan Grigoryevich Orlov mientras atravesaba Covent Garden con la suma guardada en una caja vacía de rapé. Todo se describe sin aspavientos ni idealización, con un tono poco entusiasta; si acaso una pizca de ironía, un poso de típica condescendencia británica para con los hechos luctuosos que acontecen en la lejanía. ¿Cómo identificarse uno con el malhechor, en un mundo tan civilizado como el nuestro? Y menos aún si el autor pertenece a una época de la que no queda sino un rastro bibliográfico, con un aroma a papel tan común entre tantos documentos. Difícil visualizar la situación. Lambert tumba de paso unas pocas habladurías más y trata de poner en su sitio al Barrington escritor, analizando las memorias de su estancia en Australia, afirmando que ese trabajo no fue más que una estrategia comercial de los editores que encontraron sus diarios. Lambert no tuvo que esforzarse mucho para desmontar el tinglado, ya que según A Voyage to Botany Bay, Barrington aún daba muestras de extraordinaria lucidez para la discusión y la buena juerga en 1810, aun cuando llevase seis años fallecido; de manera que Lambert se despachó rápidamente y pudo dedicarse a su afición favorita: la levitación.




Este interés por el ímpetu vocacional de los delincuentes fue también ampliamente tratado en el cine francés de los años cincuenta y sesenta: películas como Pickpocket (Robert Bresson, 1959) donde se asiste a los progresos de un tipo que toma el hurto en el metro y el hipódromo como una profesión natural (y donde hay precisamente un guiño al libro de Lambert); o el ejemplo de Louis Malle, que realizó varias películas sobre la caída en desgracia de malhechores: Ascensor para el cadalso (1957) resulta de un descuido en el desarrollo de un elaborado plan, y El ladrón de París (1967) nos presenta a un Jean-Paul Belmondo atrapado entre su repulsión por una clase burguesa de la que acaba formando parte y la presión que ejerce sobre su fama el movimiento anarquista en la decadente Francia de principios del siglo XX. Más lejos aún va el cine polar, donde se desata la camaradería entre individuos al margen de la ley, o bien el mal es compartido por un grupo y esa línea entre el bien y el mal no aparece tan perfilada. Finalmente, la Nouvelle Vague florece de jóvenes que exprimen sus hormonas concibiendo robos grandilocuentes, por encima de su capacidad real para ejecutarlos como es debido; son tan torpes en la delincuencia como en el amor, y en sus locuras cristaliza una flaqueza moral que conduce a sus protagonistas a una conducta banal y llena de locuras sin sentido ni consecuencias, no exentas de atractivo por otra parte. De hecho, estas películas surgen de un roman, de una idea que se extingue enseguida, de un intento de hacer algo grande y queda en nada… curiosa anticipación de la necesidad de ostentación y la ingenuidad del ratero común que predomina en la actualidad. 




 Si queremos reencontrarnos con un infractor de leyes que conserve una pizca de inteligencia, dignidad, elegancia y principios, y evitar de paso una idealización excesiva, tendríamos que regresar al siglo XIX, a los duelos entre caballeros a horas intempestivas y apartados de los caminos principales. Con el enfoque en la satisfacción plena para las partes implicadas en un conflicto, existen diversos manuales al respecto, y un código interno según el reino donde se incluyen normas generales de acuerdo a las condiciones que vienen dadas. Sobre el particular escribió Larra, y Rafael Barrett se quejaba en un artículo periodístico, fechado en 1906: 

 Todo se afea rápidamente. La humanidad atraviesa una edad ingrata. Conservábamos la bella costumbre del duelo, mezcla elegante de barbarie y de cortesía, de valor individual y de llamamientos al destino. Nos queda una parodia lamentable. Y lo terrible es que la injuria no ha perdido un adarme de su poder. 

Cierto, pero al hombre del siglo XXI, más ingrato todavía, le queda El duelo de Conrad, los relatos de D. W. Higgins, el Barry Lyndon de Thackeray y el de Kubrick, el acercamiento secesionista de Jacques Tourneur (Una pistola al amanecer, 1956), o para cerrar, volver a la historia de Conrad con los infatigables duelistas de Ridley Scott (Los duelistas, 1977). Y si este hombre quiere recuperar su honor debe acudir al Ensayo sobre la jurisprudencia de los duelos, redactado por el Conde Chateauvillard tras sus experiencias en multitud de lances (como juez, testigo y combatiente). El texto traducido por Andrés Borrego en 1891 es una joya que a pesar de no poder librarse de cierta impostura, resultante de una liturgia exhaustiva, contiene al detalle lo que hay que saber sobre los derechos del ofendido, las clases de armas, advertencias y deberes de los testigos y jueces previos al momento del duelo, la normativa referentes a las tres espadas largas o la pistola, además de las numerosas excepciones y matices posibles. Sostiene Chateauvillard que “las más severas penas dictadas contra los duelos en 1655 […] han tratado vanamente de impedir la existencia de los desafíos y su repetición”. Y se atribuye a sí mismo el deber de que “conozcan sus derechos aquellos a quienes la necesidad ponga en el caso de invocar la aplicación de estas ceremonias”. Pasada la era de los duelistas, se fue diluyendo el carácter provocador que subyacía en el acto de batirse hasta caer heridos de gravedad, hasta el punto que los veteranos de estas prácticas no podrían decir con total seguridad si exigían compensación porque realmente se había sentido agraviados, o tal vez habían descubierto el vértigo de cruzar la línea del delito. Sea como fuere, no puede decirse que no haya opción para el progreso en el entorno de la ilegalidad, y por lo tanto, tampoco hay excusa para eludir la responsabilidad.


Daniel Jándula

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