Amor y monjas. Las cinco cartas de amor de Mariana Alcoforado


Digamos que una monja, Mariana Alcoforado, estableció un escritorio frente a la ventana de su celda, en uno de los pisos superiores o medios del convento, y desde allí veía pasar a los peregrinos con sus monturas y, a medida que declinaban la temperatura, los colores y las sonoridades del día, también escribía a la antigua usanza es decir, valiéndose de un papel, una plumilla y un botecito de tinta. Entre otros muchos documentos, legó en tal situación cinco cartas de amor al mundo de la literatura.

    Se trata del convento de Nossa Senhora da Conceição, sito en la localidad de Beja, al sur de Portugal, y a día de hoy reconvertido en museo a tenor de las cartas escritas por María Alcoforado entre los siglos XVI y XVII. Según las fotografías de Google Maps, el edificio presume de austeridad y un acabado en blanco y piedra, punzado de alfileres góticos y rodeado de bosque. De Mariana Alcoforado pervive entre sus paredes un retrato donde luce el hábito y un horizonte de frente y cejas; no era, a mi entender, una mujer hermosa, pero en la mueca severa y la mirada escorada, se le ve todo el carácter que puebla sus cartas de amor.


María Alcoforado y su hábito


     Entró a formar parte del séquito de monjas a la irreverente edad de los dieciséis años por orden de una muerta: su madre, poco antes de morir, redactó testamento y, con ojo previsor, dispuso que su hija fuese encomendada a la vida monástica, ignoro en función de qué desavenencias, trastornos y disgustos; su padre, enviudado, no prorrogó la voluntad de la difunta e inmediatamente emboscó a la niña en el convento. Y desde entonces, los límites del mundo de la niña fueron las capillas a media luz, aromadas con la chamusquina de los pábilos y el espectro vaguísimo de la parafina, y los patios de roca, las verduras del erial y las cocinas austeras, cocinas de hierro y agua hirviendo. 

     Pero digamos que en el intervalo de su vida, desde el veintidós de abril de 1640 hasta el veintiocho de julio de 1728, aquella monja, Mariana Alcoforado, a la edad de veinticinco años y con la adolescencia reprimida, sale una tarde a la terraza del convento, junto con otras internas, para contemplar unas maniobras militares que se ejecutaban en el patio. Entre la lumbre de metales y penachos, algo aprecia: un rostro sugestivo que desfila entre muchos otros y por alguna particularidad de su fisionomía, o por una conjetura de luces y colores en el pelo, le provoca un vuelco en el corazón, acostumbrada sólo al rostro de Cristo, al rostro sin perspectiva de Cristo, tal y como se pintaba en los retablos medievales. Y se enamora.
    
     El varón es un joven oficial francés, Noël Bouton de Chamilly, que maniobra en la península con las tropas de Luis XIV, venidas de batallar en la Guerra de la Restauración por la rebelión de Portugal contra la rama de sangre española de los Habsburgo, que desde 1580 se enseñoreaba del país.    


El gallardo Noël Bouton
    
    Aquí hay un paréntesis de sombra que no se aclara por mucho que rastreo la pista: de ahí en adelante, al parecer, el propio hermano de Mariana Alcoforado, Baltasar Alcoforado, urde una cita entrambos y el caballero corresponde a la monja -en secreto, se sobreentiende, pues sólo cabe esperar un amor entre visillos corridos a golpes de muñeca, o un amor bisbiseado por entre las rejillas de los confesionarios. Por algún azar del destino, la discreción no es virtud de los amantes, que siempre disfrutan del impudor, y dejan alguna huella en la cocina del convento o en la mismísima alcoba de Cristo -o quizá, simplemente, militares y beatas adivinan la causa de una renovada alegría en la rutina de los amantes- y su secreto es destapado por algún receloso.  

     Para dispersar el escándalo, Noël Bouton, no sé si precavido o cobarde, pretexta la enfermedad de uno de sus hermanos para abandonar Portugal y regresar a Francia hasta que las aguas se estanquen, prometiéndole a Mariana que mandará, algún día, a alguien para buscarla y llevarla consigo a Francia. Noël cruza la frontera y al poco participa en la Guerra de Holanda, termina gobernando las tierras de Poitou, en el año de 1703 es nombrado Mariscal de Francia y fallece el día seis de abril de 1715; en todo ese tiempo, establece su vida al margen de Mariana, y no envía a ningún subordinado o al menos, si lo envía, no queda registrado en ninguna parte; todo indica que perdió la pasión inaugural o encontró las excusas suficientes para disimularla hasta convencerse de su propia disipación. Y Mariana, muy al contrario, permaneció emboscada en el convento de Beja con el corazón anclado en la imagen de juventud de él.

    Entonces, digamos que entre diciembre de 1667 y junio de 1668, una monja, María Alcoforado, estableció un escritorio frente a la ventana de su celda, por donde veía pasar peregrinos y monturas, y escribía de tarde en tarde cinco inflamadas cartas de amor, con una tinta de color cualquiera, destinadas a Noël Bouton de Chamilly. 
    
      Un año después, para consternación de muchos y maravilla de otros tantos, se publican en Francia.

      Así comienzan:     
     
      Considera, amor mío, cuán excesivamente descuidado fuiste. ¡Ay, sin ventura de ti! Traicionáronme fementidas esperanzas y con ellas me engañaste. Una pasión en que cifrabas tantos deleitosos proyectos sólo puede darte ahora una mortal desesperación, apenas comparable a la crueldad de tan lamentable ausencia. Y este destierro, para el que toda fuerza de mi dolor no encuentra un nombre demasiado funesto, ¿ha de privarme para siempre de apacentarme en esos ojos donde tanto amor veía y que me hicieron conocer arrobos que me colmaban de contentamiento, que eran todo para mí, que llenaban toda mi vida?

     Perdieron mis ojos en los tuyos la única luz que los animaba. Hoy sólo les quedan lágrimas, y no les doy otro empleo que el de llorar, desde que supe que te resolvías a una separación, para mí tan insoportable, que pronto me llevará a la muerte.


Detalle del convento de Beja


    El caballero murió sin dar respuesta equivalente, tal y como dice la propia Mariana Alcoforado: 

     A todos conmueve mi pasión: sólo tú te muestras indiferente, escribiéndome cartas frías, llenas de repeticiones, con la mitad del papel en blanco, dando a conocer burdamente que te pereces por terminarlas [...] harto tengo experimentado que no eres capaz de un gran afecto y que bien pudieras olvidarme sin estímulos exteriores y sin que a ello te obligase una nueva pasión.

     Mariana Alcoforado muere a la edad de ochenta y tres años en el mismo convento, convertida en abadesa. 
     
     Las cartas se pueden leer online editadas por Gato Negro, y también en papel, de la mano de  Acantilado.


Iago Fernández




2 comentarios:

  1. Que historia tan interesante...

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  2. Esta entrada me recuerda a aquella nota en la que por primera vez supe de la historia de Mariana Alcoforado, escrita por el periodista argentino Mario Cueva, publicada en una revista erótica argentina allá por 1983 u 84. Lo que había movido a Mario Cueva a escribir aquella nota fue una inscripción vista por él, pintada en una pared próxima al convento de Mariana Alcoforado en Beja, y que decía «El amor sabe más amargo que el acíbar»... Mario Cueva conectó la aparente casualidad de aquella frase en aquella pared con la historia de Mariana y nos la contó sintética y admirablemente en su columna, reproduciendo, como aquí, fragmentos de las cartas.
    Tras contar la historia y sus consecuencias, Mario Cueva cierra impecablemente su nota con una conclusión que desde entonces me sigue y que trato de reproducir lo más fielmente posible: «Las cartas de Mariana Alcoforado contienen precisamente aquellas cosas que a los hombres nos gusta que nos escriban las mujeres».
    El tráfico informativo de las décadas siguientes nos enseñó que la autoría de las cartas por Mariana Alcoforado está en discusión, pero no la existencia de su historia ni de aquellos párrafos.
    Hoy las maneras de escribir son variadas, pero las Marianas Alcoforado al igual que aquella marquesa Eulalia del poema «Era un aire suave» de Rubén Darío, siguen escribiéndonos cartas hoy día, aunque estas sean generalmente electrónicas. Y también en su conclusión Mario Cueva sigue teniendo razón.

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