Reseña de "Warlock", de Oackley Hall


Cuando se trata de reseñar una novedad literaria, el crítico dirá si el libro tiene derecho a ocupar las estanterías del mañana. En caso de que reseñe un clásico, tendrá en cuenta los aportes de la nueva edición o la importancia de su relectura. Y si figura en la escuela del resentimiento, lo situará bajo la luz de un flexo y desentrañará con paciencia la función político-social de aquello. Pero lo que favorece la persistencia histórica y la hegemonía de un clásico es la conmoción de su lectura, sin tomar en cuenta la grandilocuencia de los críticos o la fatuidad de los teóricos. Así al comentar mi última lectura,  Warlock, de Oakley Hall, no sé si descubro alguna fibra crucial de su tejido o de los míos propios, al punto indiscernibles. Pero valoro el escollo en positivo; es justo lo que busco: uno, dos, tres, infinitos puntos de indicernibilidad entre mi conciencia y lo leído, una suerte de magnetismo que suponga el shock de la inmanencia. Es cierto que para ejercer como crítico se añade una distancia entrambos polos, pero si un libro suscita reflexión, si, al fin y al cabo, es feraz y prolifera, se debe a esa fuerza de arrastre, a ese, digamos, empalme convulso, que provoca el acontecimiento. 




Cuando leí la contraportada de Warlock, creí que se trataba de un western literario, bien llevado, con acción y exótico, pero indigno de consideración estética. Luego me desorientaron las etiquetas elogiosas de Pynchon y Ford, me informé sobre la trayectoria del autor, Oakley Hall, de inmediato arramplé con un ejemplar y salí persuadido de llevarme un producto verdaderamente raro. Así fue. Warlock contiene los elementos típicos de un western, pero sus cotas de calidad lo elevan por sobre las categorías subgenéricas: el estilo, la construcción narrativa y la estructura son sus bazas principales, tal y como ocurre con las buenas novelas. En cuanto al clima del salvaje oeste, tampoco es gratuito, y plantea una serie de problemáticas, sobre todo de índole moral, que los procedimientos literarios enfocan eficacísimos. Es decir, que el fondo y la forma, en este caso, se funden en una misma horma y cumplen, según lo entiendo yo, el cometido del buen libro: generar un espacio recreativo, un espacio virgen para el lector, espacio abierto al hallazgo cognitivo y, si se quiere, fundador, que remite a nuevos horizontes. (Es ahí donde la inmanencia resulta, donde la intuición de un ensanchamiento liminar nos arroba en la página). 

Warlock es el nombre de un pueblo extraviado en los EE.UU con un pequeño cementerio, un par de locales donde cunden los desafueros, casi ninguna familia estructurada, una prole de mineros y algunos oligarcas. Aunque cuenta con una cárcel/comisaría y varios agentes del orden, ningún organismo jurídico impone los edictos y los cuatreros rondan el villorio impunemente. Durante uno de sus asaltos, un miembro de la banda de Abe, el antagonista de la historia, despacha de un tiro al barbero del pueblo por haberle cortado mínimamente la mejilla, y los ciudadanos mejor posicionados, temerosos de que nadie contenga la violencia, se reúnen para debatir. Como ya no pueden solicitarle auxilio a la ciudad vecina, que se desentiende o hace la vista gorda, acuerdan contratar a un pistolero para ocupar el cargo de comisario y liquidar a la banda de Abe o expulsarla del pueblo. El pistolero es Blaisedell, el héroe de la historia, famoso por enzarzarse a tiros con bandidos de renombre y salir indemne las más de las veces. Como nota particular, lleva dos pistolas con las cachas de oro que un escritor les dio a él y a otros cuatro pistoleros como premio por una hombrada. Al poco de llegar Blaisedell al pueblo, también lo hace Morgan, un hombre adinerado, mal encarado y presuntuoso que abre una sala de juegos/bar... Así se desarrolla el comienzo del libro.



Pero todo se trastoca: los personajes que al principio se aparecen como tipos de cartón piedra, luego desvelan sus dobleces cuando todo se complica y nos apercibimos de sus distintas visiones del mundo, a cada cual más errática en relación con las demás. Es decir, que "Walock" está construido según la ironía cervantina y algo comunica sin literalizarlo, en este caso los límites cognitivos de cada cual y la imposibilidad de aprehender un mundo "claro y distinto", como decía el idiota de Lukács. O, al menos, la mayoría de procedimientos literarios que utiliza señalan una problemática semejante: la trama, por ejemplo, está contada con escenas de diez páginas que se suceden cronológicamente, pero cada cual suele focalizar personajes diferentes y, en conjunto, una sola situación cruza múltiples voces. A modo de contrapunto, los diarios de un comerciante de Warlock interrumpen la voz global del narrador, que opina sobre los candentes asuntos del villorio y deja en expectativa los conflictos de la parte siguiente. Por el medio, también aparecen testimonios recogidos, alguna nota a pie de página, saltos en el tiempo más o menos variados... Es decir, que Warlock señala esa oquedad insuturable que media entre un modo y otros de aproximarse al mundo provocando el desentendimiento de los personajes o personajes narradores a través de la fragmentariedad. 

Pero también conduce la reflexión a un punto más dramático. No se olvide que la batalla comunitaria en la que de algún modo cada personaje y narrador están implicados es la de: ¿cómo, quién y de qué manera implantará la ley en Warlock? Una pregunta que, si se abstrae, hace de Warlock un símbolo del mundo primitivo, sin ley y salvaje, donde los hombres se civilizaron para coartar el peligro, y se ramifica en un: ¿cómo, quién, por qué y en nombre de quién más regirá este caos? ...Si la realidad ya no es unívoca y nuestras percepciones de la justicia son disímiles, el verdadero terror tampoco son los cuatreros que sojuzgan a los pueblerinos sino, una vez que los oligarcas contratan a Blaisedell, el de volverse un asesino por implantar una ley infundada que prodiga la muerte y que nuestro paso por la tierra se reduzca a un juego de poder... 


Iago Fernández

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