Literatura y soberbia: la pose de Proust

De entre todo el archivo fotográfico de Marcel Proust que se encuentra disponible en google images, hay una instantánea que descuella sobre las demás al primer golpe de vista y me sensibiliza lo necesario como para arrancar un artículo con ella:






Según apunta Mauro Armiño en la edición de Valdemar de A la busca del tiempo perdido, que se encarga de traducir en su integridad y acotar con 500 páginas de notas, la fotografía en cuestión se origina alrededor del año 1896, es decir coincidiendo con la publicación de la primera obra de Marcel Proust, Los placeres y los días, una delicadeza estilística que sin embargo fue tildada de frivolidad antojadiza. Éste último dato es revelador, pues la fotografía en cuestión ya no gusta de la misma naturaleza que otras pretéritas: la publicación de un libro alteraba notablemente la posición que el autor ocupaba con respecto a la sociedad francesa de la época. Ya no se trataba de un ciudadano que, de una forma u otra, contribuía a engrasar las dinamos del sistema, sino todo lo contrario: un ciudadano que, sin venir a cuento, reinterpretaba el mundo dado por un sistema contenedor determinado (político, histórico, social, etcétera) y establecido como verdad inquebrantable. La escritura es siempre la formulación última de una constante relectura de la realidad que envuelve al propio escritor a partir de sí mismo, y si no: es propaganda, no literatura. La posición que un escritor guarda en la sociedad que ocupa, queda claro entonces, será siempre desafiante y, toque el género que toque, tenga un menor o mayor prurito de espejo, el objetivo del disparo lo tendrá perfectamente claro. De ahí que en esta su primera fotografía tras haber publicado un libro, Proust haya querido subrayar su posición esencialmente disidente. Fíjense verdaderamente bien en la foto, y piensen en la voluntad del modelo que subyace en la pose: Proust aparece escorado de un modo antinatural, describiendo una línea diagonal desde el codo izquierdo, sostribado en el reposabrazos del canapé, hasta su mano derecha, que se engarfia tensamente a la rótula, puesta en cruz sobre su gemela, y ambas piernas extendidas más allá del encuadre; imposible mantener el cuerpo en semejante ángulo durante un tiempo mucho mayor al que la exposición de la placa fotográfica necesite. Y luego reparen en el rostro del modelo: la mano izquierda sirve de contrafuerte a un rostro de párpados entrecerrados, y el dedo meñique se sobrepone al labio inferior, en un gesto desmañado y decididamente poco elegante, sobre todo teniendo en cuenta la excelencia de modales de los que sin duda Marcel Proust era poseedor; en síntesis, aventuraría que la expresión revela un profundo aburrimiento. En conjunto, la pose alambicada y la soporífera expresión, a mi parecer son una seña de infatuación; pero no una infatuación frívola y antojadiza, tal y como se juzgó la primera obra de Marcel Proust, sino una infatuación terriblemente crítica, que es la única capaz de devenir en una mueca de aburrimiento. Pero, ¿aburrimiento de qué e infatuación con respecto a quién? En las mismísimas páginas de A la busca... hay citas que alumbran la respuesta:

Entre él [Robert Saint-Loup] y yo pronto quedó convenido que nos habíamos hecho grandes amigos para siempre, y él decía "nuestra amistad" como si hubiese hablado de algo importante y delicioso que hubiera existido al margen de nosotros mismos y que no tardó en denominar -dejando a un lado su amor por su querida- la mejor alegría de su vida. Estas palabras me causaban una especie de tristeza, y me resultaba embarazoso responder, porque, estando a su lado y hablando con él -y sin duda me hubiese pasado lo mismo con cualquier otro- no sentía nada de aquella felicidad que, en cambio, podía experimentar cuando me encontraba sin compañía. A solas, algunas veces sentía refluir desde el fondo de mí mismo alguna de aquellas impresiones que procuraban un bienestar delicioso. Pero en cuanto estaba con alguien, en cuento hablaba con un amigo, mi mente daba media vuelta, era hacia ese interlocutor y no hacia mí mismo hacia donde dirigía sus pensamientos, y cuanto éstos seguían ese sentido inverso dejaban de producirme placer alguno.

El aburrimiento es con respecto a la otredad; en caso de Marcel Proust, el gregarismo dificulta su felicidad. Sin embargo, la pincelada más notoria y que da fe de su hondísima humanidad y sensibilidad, alejándolo de ser simplemente un erudito huraño, es la siguiente: aún concibiendo su felicidad en el aislamiento, encuadra a Saint-Loup como un amigo y le entristece la falta de reciprocidad emocional entre uno y otro. Quizá se sugiera una contradicción aquí, pues, ¿cómo puede Marcel desvirtuar la compañía de Santi-Loup y sin embargo profesarle emociones propias del cariño? Un atisbo de  respuesta, de nuevo, vuelve a estar entre las líneas de Proust:    

Una vez le dije [a su abuela]: "Sin ti yo no podría vivir". -"Eso no está bien, me respondió con voz alterada. Tenemos que conseguir un corazón más duro. Si no, ¿qué sería de ti si yo me fuese de viaje? Espero, por el contrario, que serías muy juicioso y muy feliz". -"Sabría ser juicioso si te fueses unos días, pero contaría las horas". - "Y si me fuese por unos meses... (la sola idea me encogía el corazón), por años...por..." Callábamos los dos. No nos atrevíamos a mirarnos. Y sin embargo, yo sufría más por su angustia que por la mía. Por eso me acerqué a la ventana y articulando con nitidez las palabras le dije mirando hacia otro lado: "Ya sabes que soy un ser de costumbres. Los primeros días, nada más separarme de las personas que más amo, me siento desdichado. Pero, aunque siga queriéndolas lo mismo, me acostumbro, mi vida se vuelve tranquila, dulce; soportaría estar separado de ellas meses, años...

No hay por tanto en la personalidad de Marcel una contradicción manifiesta entre acostumbrarse y pretender la lejanía con respecto a las personas queridas; una vez escindido, puede progresar en su escisión y revolverse incluso en la felicidad latente que ésta encubre. Y su desinterés por sus seres queridos, tal y como le ocurría con Saint-Loup, se pertrecha cuando esa vida tranquila y dulce a la que se acostumbra, se inoportuna bruscamente con una charla que sugiere una terrible distancia, una imposibilidad de puentes tendidos entre la interioridad de los contertulios. Que no obstante Marcel merodeara por los circuitos de las fiestas burguesas, donde hacía acto de apariencia un encorsetamiento protocolario no muy cabal, es caso aparte; en estos apuntes se observa a Marcel en lo íntimo, que a fin de cuentas trasluce en lo público.




Pero, tal y como digo, esa mueca de aburrimiento, no se sostiene en el vacío, sino en una dosis de infatuación que sin duda también contiene inyecta la pose de Marcel, cuya proveniencia se pueda alumbrar, de nuevo, en A la busca... si se hilan todos los fraudes que sufre con respecto a las divergencias existentes entre su apreciación de la realidad y la apreciación de la realidad de sus contemporáneos mayores. Marcel destaca por ser un niño hipersensible y enfermizo, siempre acorazado tras el vuelo de las faldas de las mujeres de su familia, por las que demuestra una simpatía desmedida, y con un gran gusto por la lectura y otras manifestaciones artísticas como la arquitectura. Así, se entusiasma con la lectura benjamín de Bergotte y luego, la opinión de, si mal no recuerdo, Norpois, desmitifica por completo la figura del escritor, o el propio Marcel la desmitifica -aunque luego la reinvente en función de otras virtudes- cuando coincide con el escritor en un banquete; se desvive por asistir a una función de teatro donde una actriz peraltada por todos, Sarah Bernhardt, interpreta Phêdre, de Racine, pero luego el espectáculo no se corresponde a los altos ideales que se había conformado del mismo; o, mismamente, Villeparisis, recorriendo Balbec en una carroza junto al narrador y su abuela, desprestigia a los escritores que él admira, tales como Balzac o Chateaubriand. Se prolonga a lo largo de toda la obra una confrontación constante entre las impresiones que obtiene Marcel del mundo y las impresiones que promulgan, sin embargo, las gentes que lo rodean, todas por lo normal acaudaladas y bien pensantes. Ante esa confrontación, Marcel estaba en su derecho de tentar dos posturas totalmente opuestas: o bien sumarse a las opiniones mejor consideradas, y darles un falso crédito, o bien confiar en sus propias impresiones y cultivarlas con insistencia. Elige la segunda y hace literatura. Y del cultivo de sus propias impresiones, deviene como característica inalterable la soledad y la distancia con respecto a esas gentes que le son queridos pero, sin embargo, ingresan en otro sistema de valores confeccionado por una retahíla de impresiones acerca del mundo que se calibran como objetivables. De la aceptación de esa distancia y la búsqueda de su fermentación y, más adelante, de su materialización en libro, surge esa condición desafiante que muestra sin pudor Marcel Proust en la fotografía. Y lógicamente la repetición insustancial, no de la mera opinión, si no de su pretensión de objetividad, provocan que la ostentación desciende hasta la mueca de aburrimiento.

     Y como prueba última de lo dicho, escribió las casi 3000 páginas de A la busca del tiempo perdido. De hecho, en multitud de ocasiones escucho: "Proust se debía de aburrir mucho para escribir ese libro" o "no me gusta Proust, es verdaderamente aburrido", y de inmediato asiento irónicamente con la cabeza.  


Iago Fernández


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