Daniel Sada o un rayo encerrado entre dos espejos

Cuando se encara por primera vez un texto de Daniel Sada, sobreviene la extrañeza ya desde las primeras líneas, signo inequívoco de los hallazgos y las estafas literarias: algo en el texto fuga del orden habitual de las cosas, no concuerda con nuestro horizonte de expectativas. Es más: algo disuena con tanta fuerza, que el texto incluso resulta duro de leer; hay que acostumbrar todavía el ojo y el oído internos, y eso llevará su tiempo: sólo al cabo de unos capítulos, quizá las durezas se vayan apaisando y nos familiaricemos con las reglas del juego.
¿Cómo confrontar, entonces, un texto literario de características tan extremas que incluso disuade su propia lectura; cómo entenderlo y valorarlo; cómo saber si, después de todo, ha valido la pena ese esfuerzo de horas de interiorización? A continuación. Me basé, a priori, en la novela de Daniel Sada A la vista, editada por Anagrama, hace no mucho.

(Anagrama, 2011)

Lo primero de todo será localizar las disonancias del texto, los motivos de esa fuga, de esa frustración -gozosa o no- de expectativas, y aquilatarlas, es decir, cotejar hasta qué punto se desclasan de la naturaleza ortodoxa que se le adjudica por antonomasia a un texto narrativo. Hecho esto: queda computar hacia dónde conducen, a ver si ese alejamiento de la ordinariez tiene un verdadero sentido o, por la contra, se trata de una veleidad nihilista.

Cuatro elementos resaltan sobre el corpus de esta obra y, entre otros, producen ese alejamiento del estándar de las normas narrativas: 1) la puntuación; 2) las interjecciones del narrador; 3) el léxico; 4) el tratamiento de los personajes.

1) La Puntuación: éste es, sin duda, uno de las mayores confrontaciones con las prefiguraciones de la literatura contemporánea más fagocitada -la realista-. La gramática, en manos de Sada, es de naturaleza orgánica y deforme: el uso habitual de los signos de puntuación es absolutamente violado -o, mejor: retorcido hasta el agarrotamiento, el manierismo-. Los ejemplos más notables son el uso desmedido de los dos puntos (extremo: "[...]: y: [...]", por ejemplo, se repite en varias ocasiones), la intercalación de signos interrogativos y exclamativos en mitad de frases que quedan despiadadamente sajadas y más de una ruptura sintáctica que, supuestamente, anularía el sentido de la frase -pero que, dentro del contexto, se sobreentiende-.

Si tenemos en cuenta que, según la RAE, los dos puntos "detienen el discurso para llamar la atención sobre lo que sigue", la superpoblación de exclamaciones e interrogaciones y las bárbaras transgresiones sintácticas, es lícito creer que el tono del texto sadiano es, antes que nada, admonitorio: busca subrayar la atención sobre algo; el qué, no lo sabemos todavía; se podría especular: sobre los sucesos de la historia, las reacciones psíquicas de los personajes; pero no: como se verá, todo lo contrario.

Daniel Sada falleció a finales de 2011, estamos tristes


2) Las interjecciones del narrador: "A la vista" está narrada en tercera persona, a través de un narrador dotado con los dones de la ubicuidad y la omnisciencia y que, además, interviene en la historia, emitiendo ocasionalmente consideraciones o anunciando los virajes que inminentemente emprenderá la trama, recalcando su propia condición de Dios. Si en el anterior punto mencionábamos las violaciones gramaticales de Sada, aquí tenemos un ejemplo de cómo Sada viola también los presupuestos aristotélicos que convocan la catarsis -a día de hoy baza mayor de la literatura de consumo-, y se decanta por un despegamiento Brechtiano, subrayando la propia artificialidad de la obra. Es decir: se tranca todo tipo de ambición mimética y se evidencia que la novela no ha de funcionar como un espejo que hipnotice al público, sino todo lo contrario, como un mecanismo que lo interrogue acusativamente.

De nuevo, en este segundo punto, reaparece el tono admonitorio del texto: de nuevo, se tiene la intuición de que Sada intenta referirnos algo, encaminarnos a algún tipo de instancia donde tenga lugar un encuentro crítico con nuestras propias convicciones o presupuestos.

3) El léxico: Sada no concibe ningún tipo de estratificación convencional del lenguaje y lo entiende como una enormidad expresiva que, en toda su mutabilidad e infinitud discreta, alude a las cosas. Quiero decir que: un léxico determinado se emplea, o se espera que se emplee, para tratar un asunto determinado; así, un suceso u otro, según su cariz, estará codificado lingüísticamente de una forma u otra: no se concibe, por ejemplo, que en un telediario se reseñe un asesinato empleando vulgarismos. Pero Sada no atiende a ello: su léxico es total, se entreveran los registros; mezcla cultismos con insultos, insultos con extranjerismos, localismos...; etcétera.

Con esto, los sucesos narrados, al no estar léxicamente caracterizados de un modo concreto, difuman su naturaleza previa: lo que antes era trágico, no tiene por qué serlo ahora, y lo que antes era una simple comedia, ahora puede verse impregnado por una solemnidad abisal.
Con esto, se potencia aún más ese desapego brechtiano que antes citaba: ya no hay una voluntad de caracterizar convencionalmente la narración y, por tanto, la hipnosis que produzcan los sucesos narrados, vinculando al espectador, será mínima. Bien: si la narración no está en primer plano, la hallamos desenfocada por la propia masa del lenguaje; entonces, ¿qué queda nítidamente superpuesto?, o ¿qué han de confrontar los ojos?

4) Tratamiento de los personajes: los personajes de Sada son estúpidos y sus gestos obedecen impulsos ciegos que, el narrador, apenas sí se entretiene en fundamentar: están esbozados, más que construidos, y no se dejan leer, desde el punto de vista de que, intentar comprender un personaje sadiano, sería como intentar conversar por teléfono cuando la línea se encuentra embozada de interferencias. Son poco más que vectores que discurren con torpeza por los parajes de un México desierto, remolcando, más que un sentido interno de la propia acción que propulsa el drama, el lenguaje mismo; por tanto, son vigas: estamos de nuevo ante una develación de la obra literaria como artefacto o, lo que es lo mismo, como admonición y espacio crítico.

Si tenemos presentes estas cuatro características, a priori, es posible hablar de un texto narrativo que, por lo menos en la contemporaneidad, "no accede a ser leído". Es necesario clarificar qué significa que, a día de hoy, un texto "no accede a ser leído": significa, antes que nada, que no demarca el objeto de interés que un lector contemporáneo espera hallar en el libro. En este punto, una vez admitida la actitud refractaria del texto de Sada, se está a un paso de caer en el sinsentido o, por la contra, a un paso de generar sentido: a un paso del fraude o del hallazgo literario. Todo depende de la capacidad del texto para demarcar un nuevo objeto de interés, y exponerlo a ojos del lector.

Daniel Sada disfrutando de una taza de té

En mi opinión, es posible encontrar ese nuevo sentido en la novela de Sada, y estriba en una inversión de la direccionalidad entre texto y lenguaje: cabría pensar, se piensa, de hecho, que el lenguaje, una vez organizado a través de la página, funciona como una espejo donde queda enmarcada una figuración del escritor que -encubierta o no su falsa verdad- cobra la forma de distintos elementos narrativos acoyuntados; ahora bien: en Sada, estas fulguraciones espectrales no se dejan leer, no se amansan, no se aprestan al reflejo, se niegan a ojos del lector, son torpes e incompletas; no es posible, diríase, establecer la arquetípica direccionalidad entre texto y lenguaje. Pero, ese ahínco de la propia página por rebelarse a la lectura, la vuelve, a su vez, espejeante, como si su aparente descalabro fuera un segundo espejo: el texto no se deja leer y devuelve el rayo de luz inicialmente arrojado, en dirección opuesta, texto-lenguaje. Entonces, ese azogue primigenio nos está mostrando, a su vez, los reflejos de un segundo azogue, o lo que es lo mismo: se está mostrando a sí mismo en la propia página. En resumidas cuentas: el objeto de interés sadiano es el lenguaje en tanto en cuanto puede ser mostrado por sí mismo, el texto como lago donde el lenguaje mismo se refleja y queda absorto.

El caso es: para qué reparar en la esencia, en el ADN de (los) texto (s), en lo absolutamente germinal. Para advertir: el sistema lingüístico es mucho más laxo de lo que se imaginan, fíjense cómo se expande; fíjense cómo, a fin de cuentas, logro cumplir uno de los objetivos fundamentales del hecho literario y, reconduciéndolo, extraigo una realidad escasamente visible que a todos ustedes los determina pero que ustedes no palpaban: en este caso, las fuentes mismas del lenguaje y su esencial mutabilidad, fuga normativa, destrozo axiomático o sed de devenir constantemente en otro/a cosa/o, que ustedes tanto han olvidado. Fíjense, fíjense, lean a Sada, acostumbren el oído.

Iago Fernández


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