Comentario al prefacio de “La novela, una historia alternativa" de Steven Moore




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Traducción de José Luis Amorés


Es bien sabido por los iniciados y sin duda sospechado por los profanos que los cánones literarios son problemáticos per se y nacen de una interpretación más o menos ideológica de las consonancias posibles entre Historia y Literatura. Aparecen a veces -ya desde el Romanticismo, que inaugura la comprensión de la disciplina de la historia como discurso urdido y no como plasmación de sucesos incontestables- libros que reiteran esa condición problemática del canon y proponen unos estándares alternativos a la hora de glosar el genoma literario. Sobre todo en la posmodernidad sobresalen reinterpretaciones de dicho canon realizadas en función de un sector social particular cuya voz considera silenciada por esas listas de libros confeccionadas por los discursos dominantes de turno a lo largo del tiempo. Podríamos endosar ahí mismo este libro de Steven Moore siempre y cuando entendamos como "sector social particular" a los lectores extravagantes que gustan de obras de carácter pedregoso que invalidan las pautas habituales de lectura y valorización literaria comercial; tal es el propósito de este libro: "las novelas vanguardistas y experimentales no son una novedad del siglo XX, como se cree comúnmente, sino que, por el contrario, tienen una larga y abundante historia que nunca ha sido debidamente contada"; "cualquiera que piensa que la extravagancia lingüística en las novelas comenzó con Ulises en 1922 no ha hecho sus deberes (...) Apuleyo, Aquiles Tacio, Subandhu".

El autor tarda exactamente un párrafo en declarar el cariz contestatario y autodefensivo del libro en relación con los discursos literarios dominantes del siglo XX que deslegitiman, digamos, esa corriente literaria y secular divergente cuya heráldica radica en la mutación de los códigos lingüísticos: "Primero fue el A reader´s Manifesto de B. R. Myers (...). Después vino el ensayo de Dale Peck "The Moody Blues" (...). Pero la herida más cruel de todas corrió a cargo de un artículo de Jonathan Franzen". En primera instancia acusa a la tríada de una deliberada desatención hacia la historia de la literatura que, bajo la perspectiva de Moore, progresa esencialmente gracias a la concatenación de sediciones formales -y de ahí que todo ese venero de libros tan denostados por la crítica dominante resulten además fundamentales para la comprensión del hecho literario- de manera bien palmaria. De hecho, Moore considera la novela como ese género literario particular que es definido en sí mismo por su naturaleza innovadora: "la novela ha evolucionado (...) aprovechándose de la elasticidad del género para probar nuevos enfoques, nuevas técnicas"; y cita más tarde a Mark Danielewski: "es sobre todo el deseo de burlar la esclerosis". Y la concepción de la novela de Myers, Peck y Franzen como una visión ideológica y estética heredada del siglo XVIII (nace aquí la literatura de masas, la profesionalización del escritor y por tanto su verdadera diatriba moral a la hora de decantarse por las ventas o el prestigio) e impuesta como perspectiva alienante: "La novela realista "a la nueva moda" popularizada por Balzac en la década de 1830 alcanzó su máximo esplendor avanzado el siglo XIX y rápidamente perdió su novedad a manos de talentos menores. Con todo, arraigó en la mente del público lector como la forma de ahí en adelante, marginando narrativas más innovadoras (...). La novela realista llegó a ser norma narrativa, en lugar de lo que realmente es: tan sólo una de las muchas mutaciones en la evolución de la novela".

Con estos ingredientes, ya se vislumbra todo un aparataje crítico típico del siglo XX -y XXI- dispuesto a satisfacer con la mayor deferencia pública posible las veleidades del mercado editorial, preponderando una literatura destinada a un lector que ambiciona -como profundiza Moore en los últimos capítulos del prólogo a los que, por razones espaciotemporales, no llegaremos- el entretenimiento y consumo masificado de obras de fácil digestión; dispuesto, por ende, a oscurecer, por lo menos, a un sector si no muy engrosado al menos fiel del público lector, una lectura posible de la historia de la literatura basada en las inquisiciones a nivel formal que se han sucedido a lo largo de sus etapas y, en efecto, quizá la elaboración de un canon indicado precisamente para ese sector enrarecido del público.

En su libro, Moore extrema la diatriba y no sólo se limita a reivindicar ese rastro de producciones subterráneas: también emite, en función de ese canon outsider, juicios generales de valor que lo llevan a enfangarse en una de las insolubles dualidades horacianas que caracterizan la creación literaria, fondo o forma; Moore no duda en decantarse por prestigiar la primera sobre la segunda a la hora de aquilatar un libro: "la razón por la que algunos de nosotros consideramos Ulises la novela más grande jamás escrita no es porque contenta un relato fascinante, personajes encantadores, o una penetración excepcional en la cuestión humana, sino porque es la representación retórica más elaborada jamás montada, y hace un uso de las formas y técnicas prosísticas más amplio y competente que cualquier otra novela"; "en literatura, ese lenguaje es la historia; es decir, la historia es ante todo un vehículo para el despliegue lingüístico de las capacidades retóricas del escritor: ejercicios de estilo". Y acaba animando, pues, a desembarazarse de cualquier tipo de discurso oscurantista y alevosamente ideologizado -como el realista-, que pretenda entronizar un modo formalmente exacto de construir una novela adecuada para una y categoría particular de público comercialmente provechosa: "Yo diría además que esta debería ser la meta vital de toda persona inteligente: ver, por encima de las mentiras amables de los políticos, las empresas, los medios de comunicación y las religiones, las frecuentemente irracionales costumbres, creencias y prejuicios de nuestro grupo social -todo lo que compone "la cortina", tal y como la llamó Milan Kundera en su reciente estudio sobre la novela- para llegar a una clara comprensión de la verdadera naturaleza de las cosas".

Hasta aquí el examen básico de las máximas clave del libro de Steven Moore; y mi correspondiente reacción: soy incapaz de secundar la absoluta validez de la forma frente a la absoluta banalidad del fondo y entender la literatura desde una perspectiva tan ferozmente romántica (no en vano Moore se apoya a lo largo del prólogo en nombres como Schelling; y, también, Schklovsky o Allain-Grillet, que pertenecen respectivamente a la escuela del formalismo ruso y la caterva francesa de la nouveau roman, ambas impregnadas por un importante cariz romántico, entendiendo que el romanticismo deja de procurar mimetizar la realidad en pos de una reflexión sobre la capacidad aprehensiva y reveladora del lenguaje en tanto que juego (Novalis)); más que nada porque soy incapaz de comprender la historia de la literatura como un hecho recluido en sí mismo que termina revelándose como un entretenimiento erudito desentendido de un contexto social, público y político: es precisamente ahí, en su carácter público, social y político, cuando el hecho literario se torna sustancioso y problemático (y de ahí este blog). Pero sí asiento con la cabeza ante las señalizaciones que hace Moore frente a esa crítica de índole realista que, para cumplimentar sus propias cláusulas, presupone el uso de un lenguaje y unas formas estructurales codificadas y ensalzadas por los mecanismos sociales de emisión de información que no dificulten la digestión del libro; y presuponen, pues, una relación aproblemática con el lenguaje en tanto que herramienta de orden representacional; ancla, por tanto, la literatura a un puro orden propagandístico de los discursos hegemónicos que opera por metástasis. Esto ya alude que el prurito realista del siglo XIX de capturar la realidad con lo escrito, se cumple, siempre y cuando se entienda por capturar la realidad representar aquella parcelación codificada lingüísticamente y en cómoda circulación social de un todo inabarcable que se quiere hacer pasar por objetiva (así es, más o menos, la definición de alienación de teóricos como, por ejemplo, Lukács). Sí, eso es, creo que en el mismo momento en que se ve la literatura como espejo, se reconoce su función subordinante y empobrecedora del mundo en función de unos intereses particulares, extra literarios y contingentes.

Si Moore es un avezado romántico, esos tres señores son unos inveterados clasicistas. Y a día de hoy, siglo XXI, creo que, sí, las librerías están llenas de clasicistas y que todo un filón literario posible se oscurece.



Iago Fernández


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