"El zafarrancho aquel de Via Merulana", de Carlo Emilio Gadda

(Publicado en Revista Quimera, marzo 2015)


I.

Me interesa la estirpe de editores que arranca con la figura de Aldo Manuzio, en 1499. Este hombre fue quien publicó en Italia el Hypnerotomachia Poliphili, un texto de autor desconocido, hermético y escrito en diversas lenguas. En aquella época, una operación editorial de esas características era económicamente tan arriesgada como lo sería hoy en día. La obra, de muy difícil lectura, iba a ser harto complicada de vender más allá de los círculos eruditos. Tal vez por ese motivo, Manuzio resolvió imprimirla con un estándar de calidad muy exigente. Su idea de hacer libros es una idea que en el presente resuena en el mundo editorial como argumento frente al libro digital: la creación de libros objeto. Tal fue su maestría en la composición y la impresión que hoy en día la primera edición de Hypnerotomachia Poliphili es una pieza de coleccionista. Por un lado, Manuzio optó por publicar a un autor cuya obra rompía todos los cánones del momento y, por otro, decidió imprimirlo en un formato que también ofrecía elementos de distinción claros[1].


Aldo Manuzio, el primer editor.


La combinación de ambas premisas nos permite establecer una estirpe de editores que, en mayor medida, han sido los responsables -y siguen siéndolo- de la publicación de autores cuyas personalísimas creaciones no pueden enmarcarse con facilidad en la idea de canon, en movimientos literarios concretos o en categorías supuestamente definidas como la novela[2]. Se trata de autores únicos, cuyas influencias se ocultan detrás de una prosa que puede romper con reglas formales o fórmulas constructivas establecidas y cuyos principales atributos no sólo residen en su particularidad, sino en la calidad intelectual del texto y en su propuesta estética[3].

Con el objetivo de centrar el tema de este artículo, quisiera fijarme en el caso de Italia. En 1962 nació una editorial con las mismas premisas: Adelphi. Su editor Roberto Bazlen apostó por la publicación de libros de gran valor cultural cuya singularidad había provocado los recelos de otras editoriales de vocación más comercial. En efecto, el propio Bazlen cuenta que en Adelphi pudo publicar todos aquellos libros que nunca pasaron el filtro de editores de la talla de Einaudi, Bompiani o Garzanti. Aparecieron en la misma colección desde clásicos de la literatura tibetana hasta autores tan conocidos hoy en día en España como Joseph Roth o Georges Simenon. Por otro lado, la línea de diseño, muy próxima a la austeridad que suele caracterizar las portadas de la industria editorial francesa, supuso un elemento de valor añadido para consolidar una colección que, ya en su primer año de andadura, era considerada de culto[4].


Carlo Emilio Gadda imaginando cosas.



En este contexto, resulta casi proverbial en el mundo editorial italiano el histórico interés de Adelphi por tener en su catálogo a Carlo Emilio Gadda, un estilista de primer orden cuya propuesta literaria encajaba a la perfección con el catálogo de Adelphi. Tras treinta años de tentativas fallidas, Roberto Calasso consiguió adquirir en 2011 los derechos de la obra a través de Arnaldo Liberati, sobrino de la heredera de Gadda. El anuncio causó estupor porque Garzanti ya tenía los derechos de la obra completa del autor hasta 2023 y ya la había publicado en varios volúmenes recopilatorios de manera prácticamente íntegra[5]. La disputa se resolvió de tal manera que actualmente pueden encontrarse las obras individuales de Gadda en Adelphi y las obras completas reunidas en varios volúmenes en Garzanti. Todavía no podemos encontrar una doble edición de todas ellas, de hecho todavía no ha salido al mercado la nueva edición de El Zafarrancho aquel de via Merulana, obra que aquí nos ocupa, un evento muy esperado por la crítica italiana. El motivo: las ediciones de Gadda en Adelphi se han elaborado a partir del archivo de originales del autor, todavía en curso de catalogación, gracias al cual se han podido constatar variaciones sustanciales de contenido y forma entre lo que el autor escribió y lo que se acabó publicando en las versiones canónicas de Garzanti. Al parecer, se produjo mucho trabajo de edición, censura y edulcoración de los textos originales, de modo que nos abocamos a la curiosa situación de disponer de dos ediciones originales de un autor que cuentan con diferencias notables entre sí, algo muy parecido a lo que ocurre con las últimas y más modernas ediciones de Kafka si las comparamos con los primeros trabajos editoriales de Max Brod.

II.

El Zafarrancho aquel de via Merulana, publicada en 1957, es una novela policial. La trama es sencilla: se cometen un robo y un asesinato en el 219 de la vía Merulana y el doctor Ingravallo y su equipo se desplazan hasta allí para resolver el caso. Pero nada más empezar la lectura se percibe un elemento dominante ante el cual se subordina todo lo demás en este libro: el estilo. Encontramos en Gadda una prosa fastuosa y barroca donde el ritmo y la sonoridad son fundamentales, donde las referencias cultas y herméticas se suceden párrafo a párrafo exigiendo al lector mucha atención y una firme disposición para la exégesis. En este sentido tenemos que celebrar la extraordinaria traducción de Juan Ramón Masoliver, todo un monumento al lenguaje que muy pocos escritores podrían siquiera tratar de igualar hoy en día. Destaco un pasaje ilustrativo que encontramos en los primeros compases del libro. Ingravallo describe a una mujer:

«Un encanto, un imperio enteramente latino y sabélico, que le traía en un haz los nombres antañones, de antiguas vírgenes guerreras y latinas o de esposas nada esquivas una vez raptadas en la fiesta lupercal, sugeridora de las colinas y los viñedos y los rudos palacios, con las romerías y con el Papa en carroza, y con los buenos cirios de Santa Inés in Agone y de Santa María in Porta Paradisi para la Candelaria [...]».

Resulta palpable el reto que supone la lectura de una novela que mantiene todo el tiempo un nivel tan elevado en la prosa. Y tiene sentido la afirmación del traductor en la edición de Seix Barral cuando emparenta el estilo de Gadda con el del Joyce más abstruso. Por otro lado, es necesario señalar una particularidad de la literatura italiana que dificulta todavía más el traslado al castellano. Existen en el italiano variedades dialectales mucho más marcadas que las observadas en el contexto del Español peninsular. Por sus diferencias, algunos dialectos podrían considerarse incluso lenguas. En la traducción necesariamente se pierden los modismos de los diversos dialectos que Gadda utiliza en el desarrollo de la obra con absoluta maestría compositiva, entre los que podemos destacar el veneto, el toscano, el lombardo o el romanesco, entre otros.


El libro que da nombre a este blog.


Si por un lado existe un virtuosismo estilístico que no alcanza las cotas de experimentación de otras obras del autor, por otro lado encontramos expuesta una tesis muy parecida a la que presentó, una década más tarde, Thomas Pynchon en La subasta del lote 49[6]. Para Gadda no existe una causa única para un hecho único, sino una multiplicidad de causas infinita e inextricable, que toma fuerza cuando la novela se transforma en una investigación loca, parcial e imposible llena de elementos contradictorios, como un conjunto de tramas, causas y consecuencias desordenadas, desligadas de toda idea de coherencia narrativa, y por lo tanto de toda posibilidad de resolución conclusiva. A mi juicio, esta clave de lectura está estrechamente ligada con la elección estilística del autor y supone una razón de peso para encuadrar el texto dentro del tema de este dossier. Las invenciones verbales de Gadda, en palabras de Alberto Arbasino en su ensayo Genius Loci (1977), «mezclan significados y sigificantes; devastan cualquier función o finalidad comunicativa; son representaciones, por encima de todo, de sí mismas y de sus propios fantasmas, en un foisonnement inaudito e implacable de espectaculares idiolectos».

En efecto, me gusta considerar El zafarrancho aquel de via Merulana de acuerdo con la etimología pertinente de la palabra novela que ofrece el historiador de la literatura Arthur Heiserman: «El latino novellus, diminutivo de novus ('nuevo' o 'extroardinario'), produjo el último sustantivo latino novella, 'un añadido a un código legal'». En este sentido, Carlo Emilio Gadda se inserta en la estirpe de autores que han buscado innovar de acuerdo con la tradición y que han ofrecido una prosa personal y única cuyo interés no reside en el amoldarse a un género y sus reglas (en este caso la novela policial) sino en el juego y la subversión, y en la experimentación formal y conceptual. Resulta difícil establecer una cadena de influencias para un autor de estas características (aunque encuentro diáfana la ligazón con Pynchon). En la historia literaria italiana a Gadda se le presenta siempre con estrechas ligazones tanto con el decadentismo como con las vanguardias, pero opino que es principal su influencia de la literatura antigua romana y de la literatura escolástica, dos elementos que lo particularizan y desnaturalizan un tanto su encuadre en la tradición del novecento italiano.

En el caso español, podemos establecer un vínculo entre las obra de Gadda y la de Juan Benet si nos atenemos a lo ya dicho y pensamos en Saul ante Samuel y en aquélla célebre apreciación de Benet en una entrevista del 29 de agosto de 1980 en El País: «El escritor es el estilo». Por otra parte, resulta curioso pero difícilmente valorable el hecho de que tanto Gadda como Benet como Pynchon sean ingenieros. En abstracto, no me parece algo baladí. En los tres casos existe una voluntad de ofrecer textos con múltiples niveles de lectura y estructuras más complejas de lo habitual que, de alguna manera, asocio también a las grandes obras de ingeniería. Considérese esta apreciación un excursus de más valor poético que académico.

Sin duda, esta novela está a la altura de los grandes monumentos estéticos de la alta literatura italiana, entre los que se cuentan autores imprescindibles como Calvino o Pirandello, por citar a dos de los muchos escritores, por decirlo así, anticanónicos, del siglo XX italiano, cuya tradición ha sido sustancialmente menos conservadora que la nuestra a la hora de abrazar y valorar con justicia esta clase de novelas, si es que como tales las podemos definir.

En todo caso, Gadda obtuvo el reconocimiento internacional de manera tardía en 1963 (diez años antes de su muerte), al ganar el premio Formentor. Curiosamente, aquel año lo disputó con un autor que debemos considerar afín: Nabokov. Fue la época dorada de dicho premio. Acababan de ganarlo Beckett y Borges, y la llegada de Gadda y la traducción de Juan Ramón Masoliver supusieron el lanzamiento por todo lo alto de la novela, hasta el punto de que hoy en día es fácil encontrar ejemplares de la edición de tapa dura de Planeta en la colección Clásicos Contemporáneos Internacionales.

En la actualidad, se pueden encontrar las obras de Gadda en una pequeña editorial, Días Contados, cuyo catálogo está plagado de obras fundamentales del siglo XX que, por algún motivo que escapa a mi entendimiento, han sido defenestradas por las grandes editoriales que las publicaron antaño. Gadda parece hoy más minoritario que nunca en España. Eso sólo puedo achacarlo a la dificultad que presenta el texto, dificultad que por otra parte no parece un obstáculo editorial cuando hablamos de obras similares de la tradición anglosajona que se lanzan al mercado con gran pompa. Si el lector quiere adentrarse en una obra de notorio valor estilístico, en una obra difícil pero gratificante que, además, ofrece una profundidad metafórico-conceptual propia de los grandes escritores del siglo XX, El zafarrancho aquel de via Merulana es la lectura indicada.


Víctor Balcells






[1] Merece la pena señalar que, paradójicamente, Manuzio también es reconocido como inventor del libro de bolsillo.
[2] En lo referido una pregunta tan insustancial como "¿Qué es una novela?", no hay todavía un consenso claro entre la crítica y los autores, algo que por otro lado ilustra bien la naturaleza conflictiva de dicha profesión. Dos ejemplos entre muchos: para E.M. Forster la novela era «cualquier obra ficcional de alrededor de 50.000 palabras». Jane Smiley, también novelista, escribió: «Una novela es (1) larga, (2) escrita, (3) en prosa, (4) narrativa y (5) tiene un protagonista». Si nos detenemos a examinar ambas definiciones veremos que la primera es más amplia y la segunda no. En el caso de la segunda probablemente muchas obras consideradas hoy en día novelas, tal vez no lo serían. Taxonomías humanas.
[3] En dicha estirpe de editores podemos destacar también, de forma destacada, a Kurt Wolff y su colección de diseño negro y austero llamada Der Jungste Tag (El día del juicio; curioso título), en la que se dieron a conocer a principios del siglo XX autores como Franz Kafka o Robert Walser.
[4] Si nos fijamos en los primeros libros que publicó Adelphi nos hacemos una idea de su eclecticismo sibarita. Encontramos obras como El relato del peregrino, autobiografía de Ignacio de Loyola, y al mismo tiempo un libro de lecciones y conversaciones de Wittgenstein, así como autores de una sola obra, únicos y olvidados, como Christopher Burney, nunca traducido al castellano. Una variedad tan notable y amplia en un mismo catálogo, regida por presupuestos estéticos y culturales que abarcan toda la historia cultural de la humanidad,  la encontramos en España en editoriales como Acantilado o Atalanta, entre otras, que también asocio a la tradición literaria señalada en este pasaje.
[5] La polémica puede seguirse a través de varios artículos publicados a principios de febrero de 2011 en Il Corriere della Sera.
[6] Llama la atención este vínculo inesperado de influencias que ya señaló el crítico italiano Guido Almansi a raíz de la descripción que Italo Calvino hace de la prosa de Gadda: «Trató, a lo largo de toda su vida, de representar el mundo como una maraña, un embrollo o un ovillo, de representarlo sin atenuar de hecho su inefable complejidad, o para poder señalar mejor la presencia simultánea de los elementos más heterogéneos que determinan el devenir de cada evento».


1 comentario:

  1. ¡Vaya! Misterio resuelto. Mi ignorancia no dejaba de preguntarse si la causa de lo rebuscado del nombre de tu blog fue la bebida o una cena después de medianoche
    Dicho lo cual, ahora mismo estoy pensando seriamente en intentar acometer la lectura de Gadda.
    Y, si me permites, una última cuestión. Creo que no es necesario excusarse por especular con las motivaciones extraliterarias que mueven a los autores a escribir como escriben, por muy Quimera que sea la revista. También es verdad que uno hace lo que le da la gana con sus escritos.

    Me ha gustado mucho tu texto

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