"Los jardines estatuarios", de Jacques Abeille


Aunque pasé quince días de rigor y penuria trabajando a destajo en la Feria del Libro de Madrid, apenas dispuse de ocasiones para pasearme por ella y sumergirme en la exploración de nuevos libros. Mi momento de descanso coincidía con el mediodía y a esa hora el terreno era impracticable por la canícula, el sol caía plomizo sobre el Paseo de Coches y uno quedaba aplastado y reducido a una polvorienta e inútil significación de sí mismo. Ante ese calor, todo el amor por los libros se desvanecía a favor del amor por la sombra y los árboles; los bares indudablemente parecían más apetitosos que la yerma explanada libresca y, además, yo ya llevaba conmigo una gran provisión de lecturas pendientes y no necesitaba reponer el arsenal (buenas lecturas, por cierto, que me gustaría consignar pronto aquí). Pero está claro que toda obsesión debe ser militante y combativa, y así es mi obsesión por los libros, y así emprendí cierto mediodía un paseo en busca de alguna obra que me entusiasmara. Acabé en la caseta del grupo Contexto, donde se reúnen bajo un mismo emblema varias editoriales de calidad. Compré con devoción alucinógena El tercer policía, de Flann O'Brien (obra maestra de la imaginación), y me desplacé hasta el espacio de la editorial Sexto Piso. Cogí con decisión Gótico Carpintero, de William Gaddis (no ha sido una lectura placentera) y me quedé, también, con un libro que me recomendaron encarecidamente sus editores: Los jardines estatuarios, de Jacques Abeille.






Acabo de terminarlo. He pasado los últimos tres días entregado a la lectura compulsiva de esta novela. He mentido a mis amigos y he desatendido llamadas sólo para disponer de tiempo para dedicárselo. Si eso puede ser el signo de algo, ténganlo en cuenta. La obra empieza con la llegada de un viajero al dominio de los jardines estatuarios. Se aloja en una taberna y es recibido por una suerte de guía que se ofrece para mostrarle el país al que ha llegado. A partir de aquí, descubrimos una región esbozada con el trazo de un relato fantástico. El viajero descubre que los habitantes de los Jardines Estatuarios son en su mayoría jardineros que se dedican al cultivo de estatuas. En ese país la piedra crece y adopta formas, y una comunidad se dedica por entero a su tallado, a su cultivo y pulimiento, y luego las exporta al extranjero. 


El viajero, asombrado, decide emprender la escritura de un libro de viajes en el que consignar un relato de las costumbres y usos de los habitantes de los Jardines Estatuarios. Y al hablar de ello el autor nos da algunas indicaciones de lo que es será su estilo: «Yo estaba, y sigo estando, muy lejos de ser un artista, puesto que lo único que desde siempre he pretendido es describir lo más clara y lo más fielmente posible aquello que he visto y que me ha sido dado: trazar llanamente -incluso iba a escribir: tontamente- uno de esos relatos de viaje como tantos que ya existen, a fin de dar a conocer, y tal vez recuperar, algo de la extrañeza que empezaba a descubrir. (...) A veces me parece que mi escritura se sostiene por esas interrupciones, que mediante un mecanismo que me resulta incomprensible extrae su energía de esos hiatos que abre mi estéril imaginación». Efectivamente, en las primeras cien páginas asistimos al relato minucioso, exacto y fascinante de lo que es la vida en los Jardines Estatuarios. De no ser por cierto misterio, por cierta sensación de que algo turbio subyace a lo que leemos, podríamos creer que estamos ante la obra exacta y precisa de un antropólogo como Malinowski (un tipo que sabía imprimir en sus ensayos un aire vago a literatura, por cierto). Se describe a lo largo de varias decenas de páginas el cultivo de las estatuas, la curiosa estructura social de los jardineros, basada en una separación estricta de hombres y mujeres. No se ve a ni una de ellas en ninguna parte. Las mujeres viven en esta sociedad apartadas y entregadas a sus maridos, y las que no logran adaptarse al sistema o lo retan, acaban como prostitutas baratas en los albergues y fondas del camino. El relato es frío y descriptivo, el fraseo corto y expositivo se prolonga a lo largo de las extensas disertaciones de los personajes. Pero, de pronto, en determinados momentos, el narrador se suelta, por decirlo así, alarga las frases, y ofrece pasajes de un lirismo sobrecogedor, un lirismo en cierta medida brusco pero poderoso, un lirismo de ideas algo barroco que le otorga al conjunto una fuerza inusitada («esos hiatos que abre mi estéril imaginación»). Por otro lado, de estéril nada: la minuciosa descripción de los Jardines Estatuarios nos muestra a un escritor con unas dotes imaginativas deslumbrantes, y no podemos sino asistir con la boca abierta a la descripción de aquel lugar fabuloso. Yo mismo quedé enajenado en la lectura y constaté una de las grandes virtudes de esta novela: el mundo del que se nos habla resulta fascinante y extraño, pero al mismo tiempo es rigurosamente verosímil, tan creíble que uno cree estar allí, presenciándolo. Aquí un ejemplo de esa irrupción súbita del lirismo (hay que valorar, y mucho, el nivel de la traducción de Lluís Maria Todó), el fragmento es difícil y barroco, pero sobrecoge; está hablando de unas estatuas que crecen en forma de bajorrelieves: 

«Sus motivos se dibujaban por capas sucesivas que se iban encubriendo parcialmente unas a otras. Primero aparecían unas trazas onduladas y a veces entrelazadas; lo que los jardineros denominaban etapa del fideo. Era como si un hombre hubiese dejado deslizarse al azar las puntas de los dedos sobre una superficie de cera blanda, jugando al dictado de un ensueño ignorado. En varias ocasiones creí leer en ella el recorrido de un laberinto. De ello cabría concluir una afinidad tan grande entre el gesto y la materia, que de la mano a la cosa no era necesario intercalar la mediación del entendimiento para que naciera la alegoría de la vida sometida a todo e independiente de todo. Pero aquellas trazas, determinadas tan sólo por los oscuros impulsos de la piedra, poco a poco se enrollaban en sí mismas y la mente extraviada en el vértigo de sus espirales cedía a la atracción de los abismos y las cumbres. En otros lugares no sé qué pacificación de la materia daba lugar de nuevo a ondas, unas olas tan amplias que con sólo soñar un poco uno creía descifrar en ellas los plegamientos montañosos de la tierra en las profundidades del océano tempestuoso. Entonces, uno reconocía las cavernas rugientes que son también emblema del amor herido»




El drama de la historia que va a ser contada aparece a las cien páginas cuando ya nos hemos aficionado a la lectura de un texto que oscila entre el ensayo antropológico y la más fina literatura, maravillados, vaya, por lo fastuoso del estilo de Abeille y por su poderío conceptual. Indudablemente, el punto débil de este escritor reside en la construcción de escenas y diálogos dramáticos. El tratamiento del amor o la pérdida rozan, en cierta medida, lo teatral e impostado. Los diálogos son intensos y desmedidos. Naturalmente uno podría creer, dicho esto y de esta manera, que la novela se viene abajo cuando arranca la historia. Pero estaría equivocado. De alguna manera que no logro descifrar, la teatralidad impostada de los momentos dramáticos me transmitió un sentimiento épico que me permitió comprenderla, asimilarla, aceptarla como válida (y eso que me considero un obseso de la verosimilitud). En el contexto fantástico, alucinatorio en que nos encontramos, este planteamiento funciona, y lo que probablemente sea una debilidad se convierte en un arma poderosa. A eso se le llama ser un escritor inteligente. 


La región de los Jardines Estatuarios se encuentra amenazada por unas tribus erráticas del norte. Al parecer, un príncipe, un jardinero desterrado, las está unificando para atacar y saquear toda la zona. Sin embargo, no hay pruebas de ello. Lo refieren leyendas y habladurías. En este sentido, es interesante el papel de los libros en la sociedad de los Jardines Estatuarios. En ciertas ocasiones, las estatuas que crecen de la tierra adoptan la forma y el rostro de alguien que existe o existió, de alguien real, normalmente antepasados muertos, y en ese momento los jardineros empiezan a escribir una biografía de dicho antepasado. Una biografía en la que cada uno de los habitantes del dominio participa con su recuerdo, una biografía gigantesca e inacabable, puesto que se actualiza cada vez que alguien refiere un nuevo recuerdo del difunto. De dicha biografía sólo se conserva un ejemplar. Y así son todos los libros en este país: libros únicos y en perpetuo cambio. Es en estos libros donde aparecen referencias míticas a un supuesto señor de la guerra del norte que está tramando acabar con la sociedad estatuaria.


Schuiten, dibujante de la ilustración de cubierta, colaboró con Abeille en otros proyectos.  

Podemos rastrear a partir de estos elementos, las influencias principales de la novela. Diría que se adscribe muy bien a la estirpe iniciada con Sobre los acantilados de mármol, de Erns Jünger, y seguida por El mar de las Sirtes, de Julien Gracq (reseñada aquí), o El desierto de los tártaros de Dino Buzzati. La ambientación en una sociedad imaginaria que posee un enemigo lejano e inconsistente, tal vez imaginario, que amenaza con acabar con el orden establecido, un orden en plena decadencia, fragmentado y ya polvoriento. En lo formal y estilístico, se distancia en algunos aspectos de las obras aquí citadas. La una prosa es barroca y tiene vocación lírica, el tempo es lento y pausado, la textura del ambiente muy Swift, por decirlo de alguna manera. Pienso que Gracq tiene, sin embargo, un lirismo más refinado, y Buzzati una capacidad superior para desarrollar escenas dramáticas. Abeille apuesta por la imaginación y la especulación abstracta como motores de su prosa. Las cavilaciones acerca del sentido de la historia, de la idea de progreso o de la significación de los mitos, entre muchas otras, son sencillamente soberbias. Todos ellos comparten una gran habilidad para dotar a sus textos de suspense. 


Me interesa mucho el narrador de Los Jardines Estatuarios. A pesar de ser, en líneas generales, frío, deja traslucir aspectos de su personalidad en aquellos pasajes que entrega a la reflexión y la elucubración. En ocasiones, sorprende al lector con giros inesperadamente cómicos. Recuerdo una escena amorosa, muy solemne, que termina sorpresivamente de esta manera al descubrir el amante los pies desnudos de la amada: «Mi último recuerdo era su pie bien colocado sobre mi cara. Yo buscaba el sol. Ambos lo buscábamos. "¿Pero cuándo -soñaba yo, ignorante de mis manos-, cuándo se ha quitado las botas?"». En definitiva, son rasgos que yo valoro mucho: definen una voz, la hacen especial. Las mejores voces, para mí, son las que demuestran que pueden sorprenderte en cualquier momento. 

El libro se entrega a un final que anuncia una segunda parte. Ignoro si entra en los planes de Sexto Piso publicarla, pero ojalá sea así. El viajero emprende un largo camino para llegar a las estepas del norte y conoce la situación real de esa supuesta tribu dispuesta a acabar con la región de los Jardines Estatuarios. A partir de aquí, la trama está servida y no conviene revelarla. Este es un autor a descubrir. No hay muchos textos capaces de transportarte a un mundo imaginario con semejante calidad en la prosa, y conviene reseñarlos sin demora antes de que se pierdan en el limbo de las generaciones pasadas. Si no he entendido mal, casi pasó lo mismo con Abeille: Los Jardines Estaturios es una obra de los años ochenta que ahora, reeditada en Francia y aquí, empieza a ser elevada por la crítica al nivel que le corresponde.


Víctor Balcells Matas


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