El sentido de un pseudónimo. "El mar de las Sirtes", de Julien Gracq


Si el escritor demuestra dificultades para digerir la vida mundana —que reprime al individuo en pos de su colectivización—, nada puede ser más razonable que el ocultamiento. La tradición literaria francesa está plagada de grandes pseudónimos. Pienso, por ejemplo, en Voltaire, en Lautréamont, en Stendhal. Tras una breve investigación descubrí que Julien Gracq también perteneció al selecto club de los desdoblados. Julien en memoria del mítico personaje de Rojo y Negro, Julien Sorel, y Gracq en recuerdo de la dinastía romana de los Gracos. La elección no podía ser arbitraria: si profundizamos en los orígenes del nombre encontraremos que Julien Gracq, sobre todo, es un binomio político, un mensaje que aúna lo plebeyo y lo aristocrático.

Los Gracos fueron dos hermanos aristócratas que emprendieron profundas reformas en el seno de la república romana para favorecer a los plebeyos y para limitar el poder hegemónico de los Optimates. La historia —y los periódicos, cada día— nos enseñan que este tipo de gestos no abundan y que nada se ha aprendido tras tres mil años de literatura y pensamiento. Julien Sorel, hijo de carpintero, representa el arquetipo del hombre hecho a sí mismo que cumple un destino ascensional a través de la superación de múltiples obstáculos bajo el signo profético del gavilán; héroe mítico. Julien Gracq, entonces, es la conjunción del aristócrata que mira hacia abajo y del plebeyo que mira hacia arriba, el fuego cruzado, el punto de tensión de las duplicidades difícilmente reconciliables.


Retrato de Henry Cartier-Bresson

El peso específico del pseudónimo tomó forma en Littérature à l’estomac (reseñado aquí), panfleto publicado en 1950 en el que Gracq criticó duramente el mundo editorial, ese aparato mecánico que convierte al escritor en instrumento para y no en fuente de a través de premios literarios y glorias tan vanas como mediáticas. Para no entrar en flagrante contradicción consigo mismo, rechazó heroicamente en 1951 el Premio Goncourt, concedido por la novela que aquí nos ocupará, El mar de las Sirtes. Esta decisión lo alejó de lo que él definió como la «vulgarización casi electoral de la literatura francesa» —cámbiese francesa por española y el resultado será equivalente—, una literatura basada «en los gustos literarios de aquel público que no lee».

Ya decía Pierre Michon en Los cuerpos del rey: «Sabido es que el rey tiene dos cuerpos: un cuerpo eterno, dinástico, que el texto entroniza y consagra, y al que arbitrariamente llamamos Shakespeare, Joyce, Beckett [o Gracq]; y hay otro cuerpo mortal, funcional, relativo, el andrajo, que se encamina a la carroña; que se llama, y nada más se llama, Dante, y lleva un gorrito que le baja hacia la nariz chata; o nada más se llama Joyce, y entonces tiene anillos y mirada miope y pasmada; o nada más se llama Shakespeare, y es un rentista bonachón y robusto con gorguera isabelina». A nosotros nos interesa aquí el cuerpo entronizado por el texto, su mitología, su coherencia. Apenas podremos ver a través del pseudónimo -y menos aún juzgar- a Luis Poirier, el auténtico hombre que sujetó la pluma, profesor de historia y geografía, solitario intelectual de provincias que nació y murió en un pequeño pueblo de la campiña francesa, Saint-Florent-le-Vieil; apenas podremos verlo y juzgarlo porque la máscara lo protegió: consideraba que la única biografía de un escritor era la bibliografía completa de su obra.




En el país imaginario de Orsenna, Aldo, un joven de origen patricio -narrador en primera persona-, es enviado a las Sirtes, una lejana e inhóspita región, en calidad de emisario del gobierno con el objeto de supervisar la guarnición de tropas que allí se encuentran acantonadas. Desde hace trescientos años, Orsenna está en guerra con el Farghestán, un país situado al otro lado del mar de las Sirtes. Sin embargo, la contienda bélica se encuentra en estado de suspensión: hace ya mucho tiempo que los ejércitos de las dos naciones no se enfrentan. Así pues, el destacamento acuartelado en las Sirtes parece más bien una reunión de agrónomos: los soldados se dedican a cultivar las tierras colindantes, los buques están al borde del hundimiento y la fortaleza que antaño fue bastión bélico, es ahora un reducto quebradizo. A través de una prosa de un lirismo sobrecogedor, los sujetos pierden su identidad para sumergirse en un mundo putrescente donde el paisaje y la toponimia cobran una fuerza inusitada y adquieren cierta corporeidad de presencia al acecho. La vida en la fortaleza se cifra en la nada de una espera que carece de ambiciones: la espera de un enemigo al que ya no se espera. En las Sirtes el tiempo y espacio están suspendidos. Nada va a ocurrir y cualquier cosa ocurrida en otro tiempo ha sido olvidada.

El tema de la espera fronteriza de un enemigo mítico ha tenido a lo largo del siglo XX varios referentes que podrían conformar un itinerario de lectura muy particular. Podemos situar el arranque de la tradición con Ernst Jünger y su novela capital: Sobre los acantilados de mármol (1939). En ella se narra la destrucción de la Marina, un antiguo y civilizado país. Poco después Dino Buzzati publicó en Italia El desierto de los Tártaros (1940), novela en la que un joven oficial, Giovanni Drogo, es enviado a un puesto fronterizo en el que se vigila un posible ataque por parte de un enemigo que nunca llega. El mar de las Sirtes condensa las premisas de ambas y propone un nuevo punto de vista: «Lo que intenté hacer, entre otras cosas, en El mar de las Sirtes -afirma Gracq-, más que contar una historia intemporal fue liberar por destilación un elemento volátil, el espíritu-de-la-historia, en el sentido con el que hablamos del espíritu del vino, y a refinarlo suficientemente para que pueda incendiarse al contacto con la imaginación».




Para destilar ese espíritu-de-la-historia Gracq deja en un segundo plano figurado tanto al narrador como al resto de personajes. Todos ellos parecen impulsados por algo que no es la propia voluntad, sino el devenir histórico de un país, Orsenna, que después de tres siglos de guerra fría se encuentra en un estado de autocomplacencia y declive, de quietud pantanosa. La llegada de Aldo a las Sirtes parece anunciar un exilio aburrido, estático, carente de acción. El narrador convive con los altos cargos de la fortaleza y se entrega a tareas rutinarias. Sin embargo, por las noches, acude a la «sala de mapas» del baluarte, lugar que le servirá como punto de partida para la exploración de la zona. Esa exploración —y su descripción sonámbula, perfecta, emocional—, que capítulo tras capítulo le permite descubrir nuevos emplazamientos en la región de las Sirtes, es el motor a través del cual Gracq permite que la trama avance sin que sus personajes apenas cambien. Como un títere Aldo certifica la defunción de su país, Orsenna, la absurda y vana vida acomodada de sus ciudadanos, y como un títere también asiste al nacimiento lento de una fuerza telúrica y violenta, de resonancias órficas, presente en el pueblo llano, una fuerza hecha de rumores y chismorreos, una extraña pulsión que recorre a la plebe, oscuras visiones de profetas y curanderos que anuncian el renacer de la guerra y el resurgir del conflicto siglos atrás enterrado.

Se certifica así en la obra el pseudónimo, Julien Gracq; el cruce de la plebe que mira hacia arriba y de la aristocracia que mira hacia abajo a través una idea sugerente que supone el choque de ambas, su colapso general; una idea sencilla y diáfana: que no es posible evitar, bajo ningún concepto, el desenlace bélico tras un período prolongado de estatismo y latencia.

Esta idea contradice la posibilidad que algunos filósofos han planteado al hablar del «Fin de la historia», definido por Francis Fukuyama en 1989 en The National Interest así: «El fin de la historia será un tiempo muy triste. La lucha por el reconocimiento, la disposición a arriesgar la propia vida en nombra de un fin puramente abstracto, la lucha ideológica universal que daba prioridad a la osadía, el atrevimiento, la imaginación y el idealismo se verán sustituidos por el cálculo económico, la interminable resolución de problemas técnicos, la preocupación por el medio ambiente y la respuesta a las sofisticadas necesidades del consumidor. […] Personalmente, siento, y me doy cuenta de que otros a mi alrededor también, una fortísima nostalgia de aquellos tiempos en los que existía la historia». Lo que describe Fukuyama corresponde con exactitud, con el espíritu que vive la decadente Orsenna. Sin embargo, incluso Fukuyama termina el artículo con el funesto presagio que lo asimila a Gracq: «Quién sabe si esta misma perspectiva de siglos de aburrimiento, al final servirá para que la historia vuelva a empezar».




Cierta noche, se le encarga al narrador la patrulla de la costa de las Sirtes. Una vez en alta mar y para desconcierto de los marineros, Aldo decide romper las reglas y atravesar la línea fronteriza por primera vez en siglos. Llega hasta las costas del eterno enemigo, el Farghestán, y es cañoneado desde la costa. Con su gesto se constituye en el agente motor de la pulsión colectiva, de la premonición que anuncia la catástrofe tras siglos de latencia; se constituye en uno de esos individuos imprescindibles en el devenir de la historia que «más estrechamente pegados a la sustancia de todo un pueblo que si fueran su sombra proyectada, son en verdad su instrumento ciego; el terror semirreligioso que les da su estatura sobrenatural consiste en la revelación de que son portadores: que en todo momento puede intervenir un condensador a través del cual millones de deseos dispersos e inconfesados se objetivan monstruosamente en voluntad». Con estas palabras Gracq describe el gesto negligente de Aldo casi como un gesto dictado por la pulsión de todo un pueblo, necesario para que «la historia vuelva a empezar».

Pocos escritores logran recrear el espacio-tiempo de sus narraciones de manera tan singular. Pienso en Thomas Mann y La Montaña Mágica -ese magistral dominio técnico del sucederse de páginas en las que no ocurría nada y, aún así, todo era vorágine, lenta aceleración enfermiza-. Recuerdo un verso de Eliot, en los Cuatro Cuartetos, que quizá defina bien el manejo del espacio y el tiempo en la novela de Gracq; su espíritu es lo más parecido a «la sombra proyectada por el sol, que en su lenta rotación sugiere permanencia». El tránsito desde la llegada de Aldo a la fortaleza hasta el gesto negligente de cruzar la frontera es tan progresivo como imperceptible y se acumula en el lector una tensión que no puede liberarse por la propia dinámica que configuran este tipo de novelas. Jünger, Buzzati, pero también más cerca en el tiempo Coetzee y la novela Esperando a los Bárbaros, basada en el poema homónimo de Kavafis, que habla de la necesidad del enemigo para la subsistencia de la pulsión vital de uno mismo, o de una patria entera:

¿Por qué calles y plazas aprisa se vacían
y todos vuelven a casa compungidos?
Porque se hizo de noche
y los bárbaros no llegaron.

Algunos han venido de las fronteras
y contado que los bárbaros no existen.
¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros?
Esta gente, al fin y al cabo, era una solución.

El pseudónimo se cierra sobre su obra y se certifica una idea que sólo pudo darse en Julien Gracq, el escritor del único cuerpo (de aquel otro cuerpo mundano que presupone Michon para todo escritor sólo trasciende con claridad la profesión de geógrafo), a saber: que la única biografía de un escritor es la bibliografía completa de su obra. El mar de las Sirtes no sólo es una novela capital, de esencia política, sino también una de las cumbres líricas del siglo XX, un canto general de la decadencia de occidente, de la eterna circularidad de la historia y del devenir del género humano.


Víctor Balcells Matas

3 comentarios:

  1. Justo ayer leía a Jean Daniel recordar cómo a menudo él y Michel Foucault visitaban Porto Farina porque a éste último le recordaba a El mar de las Sirtes, a la que consideraba "la novela más bella jamás escrita". Casi nada...

    Raúl Lázaro.

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    Respuestas
    1. Si no has leído "El rey Cophetua" y "La Península", busca la edición de Nocturna con una excelente traducción. Valen la pena, son dos pequeñas joyas.
      Eugenia

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  2. Ediciones Nocturna ha publicado "El rey Cophetua" y "La Península", ambas con una traducción EXCELSA del escritor Julià de Jòdar (sabéis que Gracq es casi intraducible excepto por otro escritor...). Os recomiendo ambos libros, dos joyas.
    Eugenia

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