Inéditos en castellano: "Solitary Confinement", de Christopher Burney

«Cuando los editores de la primera edición de este libro leyeron el manuscrito me pidieron que lo acabara». Ante esta diatriba, Christopher Burney optó por mostrarse inflexible y lo dejó muy claro: el libro ya está acabado. No había nada que añadir más allá de la última frase («La soledad, con sus misterios y sus aventuras, había pasado sobre mí como una ola a punto de refluir en el vasto océano del pasado, mientras el nuevo mar, gélido y rumoroso, ya estaba creciendo»). El libro acaba cuando, como suele decirse, va a llegar lo bueno: el conflicto, una narración de hechos, el peligro. Hasta entonces hemos asistido a más de doscientas páginas en las que un hombre, confinado en una celda de aislamiento, medita a lo largo de dieciocho meses de soledad estricta. Tremendo castigo: ya se sabe que el enfrentamiento con uno mismo puede llegar a ser la peor de las torturas. 

Bartleby por definición, Burney fue autor de pocos libros. Gloria efímera y discreta -tan británica- en los años cincuenta. Alguna traducción valiente y ya está. Su primer libro, The Dungeon Democracy, intrascendente. Una vez más se publicaba una obra que trataba el tema de los campos de concentración. Pero cinco años después apareció Solitary Confinement y las cosas cambiaron. Este sí era un testimonio valioso: con un procedimiento lento, cauto, sin apenas revelaciones imprevistas, Burney redescubrió, en su celda, el mundo desde el punto de vista de la más oscura y rara expoliación y del peligro inminente de muerte. Ya no las crueles y morbosas historias que podían extrapolarse de las vivencias en los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial, sino dieciocho meses de soledad continua, tan solo interrumpida por dos interrogatorios en los que parece que va a suceder de todo y no pasa nada. Reflexión y cavilación, largas horas de pensamiento circular, hambre y silencio. 




Construcción lúcida: para soportar la estructura de un libro así Burney sitúa dos escenas de interrogatorio de notable factura en momentos estratégicos y equidistantes. En esos pasajes la tensión aumenta y diríase que algo va a explotar; así el lector adquiere un brío que le impulsa a vagar fascinado por los valles en apariencia estériles de una de experiencias de soledad más autoconscientes que yo he leído nunca en literatura. 

«Desde que empecé a escribir, hace ya más de seis años, he leído muchos libros. Si los hubiese leído antes hubiese sido capaz de realizar aquí el retrato de un proceso de pensamiento más maduro y consciente de lo que ha resultado ser, pero no hubiese sido honesto». Esta confesión la realiza el autor en el prólogo a la primera edición. En explicaciones que no resultan ociosas descubrimos que su estudio de la literatura es incisivo y matemático. Un conocimiento semejante de la estructura no puede surgir de otra forma. Otro aspecto interesante de Burney es la capacidad lírica que desarrolla, la finura y concisión de las imágenes, el encuentro con la palabra precisa. Un estilo limpio, ajeno al barroquismo y distante de tradiciones literarias precisables, a mi juicio (quizá por su formación tardía, poco permeable y estrictamente ceñida a su experiencia, incluso desde el punto de vista más físico). Además, la combinación de frase corta con progresiones más largas, la inclusión acertada del uso del punto y coma y de otros signos rítmicos muestran un dominio preciso de las posibilidades musicales de la prosa. Un fragmento a modo de ejemplo que conjuga todos los elementos señalados: 

«En Fresnes, naturalmente, estos días transcurrían de manera menos benigna de lo que la naturaleza pretendía. Nuestras cubiertas -que, como bien pronto nos dimos cuenta, no eran de lana sino de un sucedáneo- no mitigaban la rigidez del clima; y la monotonía no era tranquilidad, sino agitada espera de aquella primavera infinitamente lejana que nos habría calentado y acercado al momento de la salvación. En lugar de una cálida somnolencia, sentíamos el gélido apretón del ansia. Cada día comíamos la sopa con la convicción de que un alimento tan acuoso no nos habría permitido sobrevivir, y cada tarde titubeábamos al considerar nuestro lecho con justificado pesimismo. Pero cada mañana nos encontrábamos aún con vida, empeñados en encontrar en nuestro minúsculo cielo los primeros signos de una estación más clemente; y tendíamos la oreja esperando percibir los sonidos familiares de la vida, como niños que al atardecer permanecen a la escucha de las voces de sus padres».

Los sonidos familiares de la vida remiten al autor a una imagen que no resulta extraña si nos atenemos a las circunstancias de su encierro. Naturalmente, para los niños que han jugado toda la tarde como salvajes, el insoportable sonido de la voz de sus padres simboliza el cese de actividades, el rezo la sopa el estudio y la cama. Otras formas de encarcelamiento. 




Recuerdo de este libro, con especial intensidad, las páginas que dedica el autor a la administración de las pastillas de una tableta de chocolate que, de pronto, un día le regala un guardia. Tras meses de sopa y pan, una chocolatina es poco menos que una maravilla. Tras una larga reflexión decide comerse una pastilla al día, de manera que la chocolatina pueda durarle más de veinte días. Y aquí el fragmento magistral: «A los diez minutos ya no quedaban más que diez pastillas, y tras veinte minutos, tan solo quedaban cinco. Constataba su desaparición con gran objetividad y observaba con interés cómo los clavos que mantenían firme mi decisión se levantaban uno por uno en una secuencia que no tenía pausa, y luego caían, dejando agujeros mal obturados por un racimo de excusas, que a su vez se quebraban y arrojaban claramente a la luz la íntima inconsistencia de mi voluntad». No es tanto el hecho en sí, que podría ser previsible, sino el desarrollo simbólico que lo acompaña, la claridad en la utilización de las categorías de la emoción, algo que sólo puede manejar bien quien se ha conocido a sí mismo a fondo –La soledad, pues, aunque torturadora, tiene premio: una forma de lucidez imposible en las ciudades.

Así, no es tanto el gesto y la acción, como aquello que lo acompaña. Diría que los dieciocho meses de encierro le concedieron a Burney el don del pensamiento estructurado y rumiante. A lo largo del libro se cuestiona, mediante la evocación de recuerdos del pasado, aspectos como el amor, la vida en familia o sus creencias religiosas. Existe para el lector un interés por lo que va a ocurrir. Pero siempre, párrafo tras párrafo, los hechos más anodinos adquieren dimensiones nuevas, las apreciaciones tienen una dirección que tiende hacia lo inexplorado y el lector entiende que tiene entre manos el fruto de un pensamiento largo tiempo meditado. Así es el buen realismo, el que trasciende aquello que menciona y lo eleva, el que no cesa y se acaba en lo que nombra. 

 Solitary Confinement no ha sido traducido al castellano. 

 Víctor Balcells Matas

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