Sobre las traducciones de la Biblia. Interpolaciones y modificaciones censurables


[Este artículo es una traducción de un texto en catalán escrito por C. V., licenciado en Filosofía y Derecho y amplio conocedor de la literatura antigua y medieval. Nos parecía imprescindible la presencia, en este blog, de un comentario crítico sobre los Textos Sagrados, sobre todo en atención a aquellos que tengan interés en conocer la doctrina cristiana liberada en la medida de lo posible de cualquier intromisión tendenciosa y poco rigurosa que han ejercido algunos traductores con intereses particularmente intensos en el seno del catolicismo. Disfrutenlo.]


Las siempre imperceptibles diferencias que nacen a raíz de la traducción de un texto representan uno de los factores configuradores de la cultura occidental. El ejemplo más claro es la Biblia. Hasta hace relativamente poco, en el Estado Español aún no se había asumido ni una pizca de la voluntad de entendimiento que propugnó Lutero, cuyo objetivo había sido hacer más accesibles los contenidos religiosos para las masas.

Por otra parte, además de la ausencia de voluntad de entendimiento, el hecho de no traducir o de censurar una obra también tiene, claro está, consecuencias premeditadamente buscadas. De hecho, esta opción típicamente inquisitorial se dio precisamente con la inclusión de la traducción bíblica de Lutero en el famoso Index de los libros prohibidos por el Vaticano.




La moral civilizatoria que surge en la Edad Media tiene sus inicios a raíz de la Biblia Vulgata (traducción al latín realizada a finales del siglo IV, por mano de San Jerónimo, y oficializada en el siglo XVI por el Concilio de Trento). Entonces ya muchos pensaron que antes de esa traducción no existía ninguna versión que mereciese la pena. Sin embargo, la Vulgata no es otra cosa que una traducción cuya intención era desmarcarse de otra traducción, la Septuaginta (realizada en Alejandría entre el siglo III y I a.C.), que a su vez era traducción del Tanakh hebreo. En todo caso, estos textos están tan lejos en el tiempo y, por lo tanto, de la mentalidad del hombre, que resultan por definición ininteligibles, aún siendo la parte original y constitutiva, como ya he dicho, de nuestra cultura europea.

Creo que para centrar el tema debemos fijarnos en el Nuevo Testamento. Sin duda, es la obra que más importancia ha tenido en el contexto cristiano. Todo ciudadano europeo valora el mundo humano desde la perspectiva esencial de los Evangelios. Cualquiera puede, sin duda, tener los valores del cristianismo y aún así ser laico. Este es uno de los grandes éxitos del cristianismo: que sus efectos trascienden al ritual y a la propia iglesia. El cristianismo crea personas y relaciones entre personas, ambas creaciones que, en principio son operativas a pesar de la ausencia teórica de Dios. Pero este no es el debate que nos interesa. El caso es que hoy en día, en cualquier parte del mundo, no debe de haber más de cien expertos capaces de leer fluidamente el griego del Nuevo Testamento. Asimismo, son pocos, al margen de los monjes, aquellos que pueden dedicar su tiempo a leer con serenidad la Vulgata latina. Por este motivo estamos condenados, de alguna forma, a escoger entre aprender una lengua muerta o bien conformarnos con una traducción. No queda más remedio. Hablemos, pues, de las traducciones.


Armand Puig i Tàrrech y un apóstol al fondo

Hoy leía las cartas de San Pablo en la versión catalana de Puig i Tàrrech que recientemente ha vuelto a ser editada (Editorial BCI). Hace seis años ya realicé esa misma lectura, pero en otra tesitura, debido a la traducción de Serafín de Ausejo y de Felipe de Fuenterrabia (Editorial Herder). El contraste al cotejar una traducción con la otra ha sido colosal. De hecho, las diferencias no se limitan a las cartas mencionadas, sino que podrían hacerse extensibles a la totalidad del Libro.

En la revisión que he hecho de ambas traducciones me he detenido, como es natural, en aquello que en la primera lectura subrayé como importante y que aún sigue siéndolo para mí. Pondré algunos ejemplos: cuando en Ausejo leía: “En efecto, los que viven según la carne, anhelan las cosas de la carne”, ahora leo en Tàrrech (traduzco literalmente del catalán) “Los que siguen los deseos terrenales se apasionan por las cosas terrenales” (Romanos, 8;5). La versión de Tàrrech, de acuerdo con un análisis del texto fuente, es idéntica a la de la Vulgata, mientras que la de Ausejo es interpolada. Así, donde antes leía “Con la carne, [sirvo] la ley del pecado”, ahora leo “Hombre débil como soy, sirvo a la ley del pecado” (Rom. 7;25). Esta misma transposición se da en las múltiples ocasiones en que San Pablo insiste en el asunto de las “carnes” y “debilidades”. Asimismo, como es tradicional ya, traduce Ausejo: “¡Huid de la fornicación!”, siendo posible y más correcta esta otra versión en Tàrrech: “¡Huid de la vida libidinosa!” (Corintios I, 6;18). El lector atento notará que la intención y el significado de una traducción frente a la otra son completamente distintos.

En la misma línea, mientras Ausejo escoge “religión”, Tàrrech prefiere decir “piedad” (en múltiples ocasiones ocurre esta inversión). También, cuando Ausejo escoge “Satanás” o “el Diablo”, Tàrrech prefiere hablar de “el Acusador”. Y, finalmente (la lista de ejemplos sería interminable), mientras que, por una parte, encontramos que la “necesidad de Dios es más sabia que los hombres”, por otra tenemos que “aquello que parece insensato en la obra de Dios es más sabio que la sabiduría de los hombres” (Cor. I 1;25). Como ya he dicho, la lista es larga y las diferencias casi sistemáticamente desequilibradas.


Biblia publicada por la editorial BCI

El lector de las dos versiones se da cuenta rápidamente de lo que está ocurriendo. Puede ser que parte de la problemática tenga que ver con el hecho de que Puig i Tàrrech publica su traducción en 1993, mientras que Serafín de Ausejo en 1965. La actualización del texto tiene límites que siempre suponen reformas, nunca revoluciones. Que Ausejo pertenezca al catolicismo romano franquista, mientras que Tàrrech se pueda situar en la antípoda, también es un factor clave que hay que tener en cuenta. Ahora bien, existe una voluntad –susceptible de ser considerada de forma autónoma- de tenebrar e intranquilizar por parte de Ausejo, y de aclarar y humanizar por parte de Tàrrech. Entonces, ¿Cuál es el estilo verdaderamente bíblico?

No lo sabemos. Sin embargo, la Vulgata, según se desprende de su lectura, encuentra una forma supremamente sencilla para decirlo todo. De hecho, da la impresión de que, comparándola con textos -por ejemplo- de Cèsar (no hablo aquí de los poetas áulicos), la Vulgata es inmensamente más cercana. Cuando hablamos del célebre estilo bíblico parece que queremos decir algo parecido a “claro y breve”. En este sentido, Tàrrech se acerca al lenguaje de hoy –y lo que supone una clave esencial: al alma humana contemporánea- con un acierto indudablemente mayor. Con razón Salvador Espriu alababa esta versión.


C.

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