Varios
son los objetivos que persigue este blog. Bajo un epígrafe que bien podría
denominarse “Mundo Antiguo” decidimos realizar una investigación sobre las
circunstancias del hecho literario. La intención no fue otra que certificar el
tópico del garbancito: nada nuevo bajo el
sol (cuyo origen, por cierto, data de mucho antes. Por lo menos aparece en
el Eclesiastés, texto del corpus
bíblico escrito alrededor del siglo IV a.C.). Ese es el interés que tiene esta
investigación que empezamos al examinar el asunto del plagio y otro tema
también candente hoy en día: la deshonestidad.
Nietzsche
sugirió que para llegar a ser un buen novelista era imprescindible, de entrada,
retirarse por lo menos durante cinco años y dedicarse al estudio y a la
práctica constante (“de entrada”; es decir: eso no será condición suficiente).
En base a esto me atrevo a suponer que para llegar a ser un buen crítico o
comentarista es imprescindible como mínimo la dedicación de dos o tres décadas.
Puesto que nosotros no superamos los veintiséis años, aceptamos el verso de
Eliot: For us, there is only the trying.
Aún así, hay algo que hemos fijado como una regla fundamental: no reducirnos
jamás a nuestra contemporaneidad. En esto se cifra nuestra pretensión, y acaso
en esto se cifre nuestro fracaso.
Sigamos
con Eliot. En un discurso impartido el 16 de octubre de 1944 en la Virgil Society de Londres, el poeta
afirmó que tan sólo Virgilio, en la totalidad de la historia de la literatura,
poseía todos los requisitos para ser definido como un “clásico”. Entre ellos,
el de madurez, entendida no sólo como perfección estética, sino como conciencia
histórica y cultural, equilibrio entre valores formales y valores del espíritu,
capacidad para establecer modelos expresivos capaces de imponerse como una
norma ideal, un criterio, en definitiva una tradición. “Es nuestro clásico, el
clásico de toda Europa”. Probablemente esta sea una afirmación un tanto
exagerada, fruto de un entusiasmo radical (en la Virgil Society debían de estar muy contentos). Aún así, pocos son
los autores que alcanzan con tanta claridad el estatus de clásicos. Para el
presente artículo me interesa rescatar otro de ellos: Franz Kafka.
¿Qué
tienen en común Kafka y Virgilio? De entrada, el carácter y la enfermedad.
Agustín García Calvo define al poeta romano como un hombre “Poco dotado para la
elocuencia, tímido y retraído, enfermo durante casi toda su vida, probablemente
de tuberculosis”. José Fernández Corte completa la estampa: “Los biógrafos de
Virgilio coinciden en afirmar que padecía frecuentemente del estómago y del
pecho, afecciones que iban acompañadas de fuertes dolores de cabeza y de
ocasionales accesos de sangre”. La tuberculosis acabó con la vida de ambos de
forma prematura.
Pero su
proximidad va más allá del perverso bacilo de Koch. Me interesa lo que solicitaron poco antes de su muerte: en el caso de que ésta se produjera de forma
imprevista, pidieron que su obra no publicada fuese destruida.
En los
últimos años de su vida, Virgilio emprendió la escritura de su obra
capital: la Eneida. Se trataba de un
encargo realizado por el Emperador Octaviano Augusto. Se le había pedido al
poeta escribir una obra que atribuyera un origen mítico a Roma y a la época Imperial que
se iniciaba con Augusto. No iba a ser otra cosa que un encargo con fines
propagandísticos y ha terminado por ser una de las piezas clave de la
literatura universal. Como curiosidad española, parece ser que el propio
Emperador, estando en Cantabria, le escribió una carta a Virgilio pidiéndole
desesperadamente ver “el borrador provisional del poema o un fragmento
cualquiera”, tal era su interés y tanta la relevancia política de la obras
literarias entonces.
La
escritura de la Eneida se inició en el año 30 a .C., apenas derrotados Antonio y Cleopatra,
pero no estaba del todo terminada cuando la muerte sorprendió a Virgilio, el 21
de septiembre del año 19 a .C.
Ese mismo verano, el poeta había emprendido un viaje a Grecia con el objetivo
de conocer algunos paisajes que aparecían en su obra y con la intención de
mejorar algunos pasajes especialmente menores (en concreto el libro III es el
que da más indicios de inacabamiento y se sabe que Virgilio no estaba especialmente
satisfecho con él). Fue en el viaje de vuelta cuando se agravó su enfermedad.
Al desembarcar en Brindis pidió insistentemente las cajas que contenían los
volúmenes manuscritos de su Eneida con la firme intención de quemarlos. Puesto
que nadie le obedeció, ordenó en su testamento que se quemara la obra como
“cosa falta de enmienda e inacabada” (las fuentes son múltiples y fiables:
Plinio –N.H. VII 4-, Vita de Donato,
Gelio -N.A. XVII 10,7-, Macrobio -Sat. I 24, 6-, etc)
Es
difícil determinar las razones por las cuales quiso quemar su obra. Algunos
autores se inclinan por el descontento de morir sin haberla terminado (en realidad, "apenas eran 58 los versos faltos de la labor
limae", tal y como afirma C. Gervasoni Vila) y otros sugieren cierto afán de
venganza contra Augusto, debido a ciertas desavenencias en el terreno político
y sabiendo que éste deseaba publicarla en pos de su propia gloria. La cuestión
esencial es que su mandato no fue obedecido. No se sabe si en el lecho de
muerte Augusto lo persuadió o si , directamente, pasó por alto su última voluntad. La obra fue
entregada a sus amigos, también poetas, Vario y Tuca, y éstos la publicaron en
torno al año 17 a .C
sin ningún añadido a los versos incompletos y con únicamente aquellas
supresiones que, a juicio de los editores, también habría realizado el propio
Virgilio.
![]() |
| Franz Kafka |
El
paralelismo con Franz Kafka surge de manera natural. En general, conocemos la
historia, de hecho cuando se piensa en un autor que quisiera quemar su obra en
el momento de su muerte, el recuerdo suele posarse en la figura de Kafka. Pero
quisiera centrarme en algunos detalles, sobre todo en la importancia de los
actores secundarios de ambas historias, esos personajes que en realidad son
principales desde la sombra, aquellos en los que siempre se fija Pierre Michon
en sus obras porque sabe que su relevancia es brumosa, pero esencial. En el
caso de Virgilio están Augusto y, en menor medida, Vario y Tuca. En el caso de
Kafka el espacio lo monopoliza Max Brod, un amigo, escritor menor, definido por
Calasso como “pródigo en vulgaridad”.
Sigo el
itinerario trazado tanto por Jordi Llovet como por José Rafael Hernández Arias.
En 1920 Kafka ya está enfermo de tuberculosis. Se encuentra en pleno proceso de
escritura de El Proceso. Una
anotación del diario de Brod: “He leído y ordenado el magnífico Proceso. En él
hay auténtica vida”. Tras la lectura de la obra Brod está entusiasmado y trata
de convencer a su amigo de que publique la novela, en concreto en la editorial
Kart Wolf (casualmente la misma en la que Brod publica sus libros). En sus
intentos de convencer a su amigo, Brod llega a la culminación del exceso con la
publicación de un ensayo titulado “El poeta Franz Kafka” en la revista
Berlinesa Neue Rundschau, en el que
comenta y elogia pasajes de El Proceso.
Sin embargo, tras el fallecimiento de Kafka en 1924 Max Brod encuentra dos
notas en las que el escritor manifiesta su deseo de que se quemen sin leer
todos sus diarios, manuscritos y cartas (acaso los motivos sean cercanos a los
de Virgilio). A la manera imperial, irónicamente augusta quizá, Brod desobedece
la última voluntad de Kafka y planifica la publicación de varios de sus
escritos (Sin duda los más relevantes son las tres novelas inacabadas: El proceso, El castillo y El desaparecido –antes conocida en España como América).
Como no es el cometido de este artículo juzgar moralmente estas desobediencias,
sigo adelante.
Aquí aparece la disonancia póstuma entre Virgilio y Kafka, de acuerdo con las fuentes
consultadas y salvando la dificultad temporal que implica el intento de
verificar hechos ocurridos hace miles de años. Brod carece del talento del
que gozan Vario y Tuca a la hora de editar los textos. Más bien aglutina en sí
mismo lo imperial de Augusto sin ser emperador de nada; acaso emperador de sí
mismo, de su vanidad opaca.
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| Max Brod |
Es
interesante, para cerrar el artículo, revisar de qué manera fracasó Brod en la publicación de la obra póstuma de Kafka a través del análisis
de lo que ocurrió en el caso concreto de una de las novelas: El
Proceso. (Por otra parte, hablar de esta obra servirá para endurecer el paralelismo: posee la particularidad de tener un
principio y un final pero muchos de sus capítulos están inconclusos, de la misma manera que Virgilio dejó versos
inconclusos, aún existiendo también un principio y un final en la Eneida).
La
primera edición de El proceso, en
1925, excluía los capítulos incompletos y, cosa inexplicable, había sido
sometida a una simplificación del lenguaje utilizado por Kafka para facilitar la lectura.
Según explicaba Brod en el epílogo de la segunda edición, esta simplificación
tenía la intención de lograr que el texto llegara a un público más amplio (“En
aquella primera edición lo importante era descubrir un mundo literario
singular, extraño e incompleto, por esta razón se evitó lo que acentuase lo
fragmentario o que dificultase la lectura”).
Herman Uyttersprott constató que entre la edición de 1925 y la de 1935
había hasta 1778 variantes en el texto (¡). Imperdonable.
Sólo en
1990 pudo editarse El Proceso ateniéndose exclusivamente al manuscrito original
(cabe decir, en defensa de Brod, que éste lo salvaguardó incluso poniendo en
peligro su propia vida).
El
paralelismo que puede establecerse entre ambos autores resulta obvio. Quizá, en
el lecho de muerte, los dos incluso pensaron lo mismo: aquello que Kafka dejó
por escrito en uno de sus aforismos: “En teoría existe una posibilidad de
felicidad perfecta: creer en lo indestructible que hay en nosotros y no aspirar
a ello”.
Víctor Balcells



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